Por qué no me callo

Pedri, pan y circo, ¿por qué no?

Nos extraña mirar hacia otro lado, allí donde no sean noticia el volcán ni la COVID, Cumbre Vieja ni ómicron, los dos focos más activos en nuestras latitudes. En las conversaciones de Los Limoneros le confesé ayer a Andrés Chaves que urge levantar las alfombras de la actualidad, para ver qué hay debajo de la […]

Nos extraña mirar hacia otro lado, allí donde no sean noticia el volcán ni la COVID, Cumbre Vieja ni ómicron, los dos focos más activos en nuestras latitudes. En las conversaciones de Los Limoneros le confesé ayer a Andrés Chaves que urge levantar las alfombras de la actualidad, para ver qué hay debajo de la erupción y la pandemia. Hay otras novedades dignas de mención, pero los árboles, una vez más, no nos dejan ver el bosque.


Como quiera que se reavivan los dos volcanes, el coronavirus con la cepa sudafricana y el Cumbre Vieja con las nuevas bocas y las peores emisiones de SO2 de las últimas semanas, saltarse el guion se nos hace cada vez más complicado. Pero la portada del lunes fue el Tenerife de Ramis, con sus victorias consecutivas y el ojo puesto en el ascenso directo. La Liga es larga y los pronósticos tendrán curvas y líneas rectas. La ambición de este Tenerife del centenario está justificada, pero subir de Segunda a Primera tiene un plus añadido de proeza. De momento, el Tenerife vende ilusión. Y lo hace con el viento en contra: frente a la ola de contagios y el maremágnum de lava en La Palma. Tiene mérito.


En los 90, cuando este club fue noticia nacional y europea, por ser la bestia negra del Madrid -las dos ligas del Heliodoro curtieron esa leyenda y había fetichistas que venían a llevarse un puñado de césped del estadio, hoy de nuevo un fortín- y pisar la pasarela de la UEFA, hicimos el libro de Valdano. Sueños de fútbol, que salió a relucir en la entrevista de Los Limoneros. Solo los desmemoriados o los muy jóvenes ignoran que aquel Tenerife tenía un caché envidiable como marca y filosofía. Javier Pérez fichó a Valdano cuando en la Isla era costumbre disputar las estrellas a los grandes, léase Redondo o Pizzi, y fingirnos una suerte de modelo factoría Milán. Valdano pronto brilló a lo Arrigo Sacchi y éramos la envidia de merengues y culés. Ayer, en el Théatre du Chatelet se París, el paisano Pedri se paseó bajo los focos del balón de oro. Messi ganó su séptima corona, la española Alexia Putellas la suya y el teguestero se llevo el trofeo Kopa que la revista France Football concede al mejor futbolista menor de 21 años. Con el Golden boy y el nuevo laurel, lo de Pedri, en tiempos lúgubres, es la piedra de Rosetta del jeroglífico del fútbol actual, un hallazgo inaudito.


Los tiempos son distintos a la década que precedió al Mundial de Sudáfrica de 2010 en que España se proclamó campeona del mundo. Pero los sueños siguen intactos, bajo la nube de ceniza del volcán y la ola de la cepa del coronavirus. Nos cuesta saludar las buenas noticias, auténticas alhajas en esta caja de Pandora, de pandemia y piroclastos, bajo el peso de la losa trágica que domina una actualidad inmunda, nefanda y horrenda.


No sé si lograremos el objetivo de Primera o esta será otra apuesta fallida. Pero cien años después bien vale la pena rivalizar con la mayor erupción en La Palma en 500 años, según los cálculos ya abiertamente fatalistas, y con la peor plaga en un siglo, como ha quedado acreditado con las variantes sucesivas. Pan y circo, Juvenal, bienvenidos sean esta vez y que sirva de precedente.