el charco hondo

El nivel del cuñado

El cuñado se sentará, o no, a la mesa en Nochebuena. Cenará, quizá, en principio, con los de siempre. Siguen contando con él, tal vez, podría ser, para el veinticuatro o veinticinco de diciembre. Mucho se habla de los niveles uno, dos y tres, pero poco o nada se dice de lo que debería catalogarse como el nivel del cuñado, una categoría tan extremadamente volátil, fronteriza y flexible que a pocos días de la nochebuena se cuenta con los cuñados para ese día y acto seguido se deja de contar, ora sí, ora no, puede, no lo sé, depende, de qué, del aforo, claro, tú sabes, si hay que sacrificar a alguien porque reducen los comensales permitidos lo inmediato es sacar al cuñado de la convocatoria. Se cuenta que en las guerras la primera víctima es la verdad, pero nada se ha escrito sobre otra realidad, y es que en las reuniones familiares, con las restricciones sobrevolándonos, el cuñado siempre tiene las de perder (y, ojo, porque cuñados somos todos; o casi todos). Está en el aire. Como en las películas de ciencia ficción -y en las pandemias- el cuñado entra y sale del cupo de asistentes materializándose o desapareciendo, haciéndose visible o invisible (qué decir si finalmente escalamos a nivel tres, en ese caso los abuelos cenarán solos). Podría pedirse el certificado de vacunación a hermanos, sobrinos y otros familiares y, ya metidos en faena, dejar en el rellano al cuñado si le ha dado por el negacionismo -es una idea, solo eso-. Un lío. Así no hay quien calcule la compra para esa noche. Cabría exigir al cuñado que no se quite la mascarilla o, para casos extremadamente pesados, cerrarle la boca con cinta americana. Cayendo la nochebuena un viernes, y reuniéndose el Consejo de Gobierno los jueves, puede que el cuñado escape si la reducción de aforos entra en vigor el siguiente lunes, así escaparía, por los pelos. Otra posibilidad es tenerle peladillas, mazapanes, queso y jamón en el garaje, por si acaso, para que no vuelva a casa de vacío. Al cuñado le queda una baza, el desconocimiento. A estas alturas, subidos a una montaña rusa de horarios, certificados y plazos, la gente no tiene ni puñetera idea de qué implica éste o aquel nivel, ahí tiene una oportunidad, esa laguna le juega al pie, cuchillo y tenedor. A las puertas de la nochebuena seguimos sin saber cómo quedará el nivel del cuñado y, en consecuencia, si lo tendremos o no sentado a la mesa; pero, por dejarlo claro, vaya por delante que no hablo de los míos -benditos, ellos-. Me refiero a los de otros, especialmente a los pesados, a los que dan la brasa, a los plastas que, en reuniones familiares, de amigos o de empresa, además de exigirles mascarilla deberíamos sellarlos con cinta americana.

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