tribuna

Inquisidores de fajana; por Marcial Morera

Por Marcial Morera

La voz insular fajana, que los canarios heredamos de nuestros antepasados portugueses, allá por el siglo XVI, y que lo que significa, en esencia, es, como recoge la Academia Canaria de la Lengua, “faja de terreno que forman al pie de acantilados o laderas los materiales que se desprenden de lo alto”, ha sufrido en los días de apocalipsis que nos ha tocado vivir la arremetida de los inquisidores de palabras de siempre, en unos momentos en que, con motivo de la dantesca erupción volcánica de La Palma, el público, en general, y los medios de comunicación regionales y nacionales, en particular, la han reavivado para aludir a los estiramientos que experimenta esta isla por la costa a impulso de la lava que escupe sin parar su devastador volcán.

Para determinados censores del mundo de la Onomástica, se trataría de un uso anómalo de la voz porque, según ellos, esos accidentes del terreno que los canarios llamamos fajanas se localizan solo en interior de las islas, no en su litoral costero.

Para ciertos censores del mundo de la Vulcanología, el mencionado uso de esta voz regional es impropio porque los nombres verdaderos que corresponden en su ciencia a dichas prolongaciones de lava han sido siempre delta lávico e isla baja, y no fajana, que sería un advenedizo neologismo propio del vulgo moderno, ignorante de la tradición científica

Para cualquier persona medianamente conocedora de la geografía y la cultura insulares y de la teoría del lenguaje, ambos anatemas carecen del más mínimo fundamento.

El anatema de los eruditos de la Onomástica carece de fundamento, porque, como puede comprobar con facilidad cualquier persona a poco que se tome la molestia de echar un vistazo a los repertorios toponímicos de la isla o a sus mapas, fajanas las hay tanto en el interior de la isla como en su litoral (en Barlovento, Franceses, Fuencaliente…).

Por su parte, el anatema de los científicos carece de fundamento por dos razones muy concretas. En primer lugar, carece de fundamento porque no es verdad que la denominación fajana de lava sea una expresión neológica. En realidad, buena parte de las inveteradas fajanas que pueblan La Palma son fajanas lávicas, provocadas por volcanes anteriores al de Cumbre Vieja (el de San Juan y el de Teneguía, por ejemplo, de los años 1949 y 1971, respectivamente), como, por lo demás, es lógico, debido a la naturaleza volcánica de la isla. Y, en segundo lugar, este anatema carece de fundamento porque la denominación de las cosas, que no es nunca un hecho natural, sino una convención social, depende de la forma que tiene cada cual de percibir la realidad que designa en su tradición histórica. Así, en el caso que nos ocupa, el pueblo canario llano ha visto (y, por tanto, sentido) desde sus orígenes las mencionadas extensiones lávicas como “faja de terreno que crea al pie de los acantilados de la isla la lava que cae de lo alto”. Por eso les da el nombre de fajana. Ciertos científicos y gente del pueblo llano las ven como “isla que se forma en la parte baja de la isla” de referencia. Por eso las denomina con la expresión isla baja. Otros más modernos, por fin, las ven como “terrenos que quedan entre los brazos de un río lávico en su desembocadura en el mar”. Por eso las designan con la combinación delta lávico. Las tres denominaciones, simbolizaciones distintas de la misma realidad, son, por tanto, igualmente correctas y legítimas.

¿Quiere esto decir que no puedan valorarse objetivamente, en función de sus propias peculiaridades semánticas? Naturalmente que no. Es evidente que, por su riqueza descriptiva y por ser hija de la tradición, que es quien, con el transcurrir de los años y el consenso social, crea el nombre exacto de las cosas, y hasta las cosas mismas, como diría el poeta, la más exhaustiva y natural de las tres es fajana. Isla baja es denominación más desangelada, porque se limita a proporcionar una pincelada situativa de la realidad que designa. Y delta lávico no pasa de ser una artificiosa metáfora geométrica de la letra griega que simboliza el nombre que la encabeza, por lo que muy difícilmente puede anidar en el corazón de las gentes.

Por lo demás, hay que decir que, si son los palmeros los que sufren en carnes propias las lacerantes consecuencias del paradójico volcán, que se complace en destruir y construir a la par su tierra amada, ¿qué razón hay para que no sean ellos -y no los ignorantes de sus tradiciones, por muchos conocimientos científicos que estos atesoren- los que bauticen esos nuevos apéndices de su geografía según su propia habla, que es la que les permite entender y sentir el mundo de la manera que lo entienden y sienten? Vean los científicos y demás extraños las extensiones costeras de lava del volcán palmero desde el punto de vista semántico español o extranjero que les venga en gana, que los canarios las seguiremos viendo desde el punto de vista semántico de nuestra fajana, que es el que nos enseñaron nuestros abuelos, desde el momento mismo en que sentaron las bases del universo que nos dejaron en herencia.

* Académico de la Academia Canaria de la Lengua.

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