En La Restinga, el pueblo más meridional de Europa, el escritor Víctor Álamo de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1969) descubrió que los pescadores eran grandes mentirosos. Lo supo yendo a pescar con su abuelo, Manolo Álamo, y su padre, Manolo el Maestro, allá donde los vientos, y escuchando atento las historias que se contaban en el mentidero: que si la vieja refistulera aquella, que si la nasa de camarones de Juanmi o la conversa con el mero Pancho, que en paz descanse. Entonces, el joven Víctor, con la cabeza efervescente, escribió los cuentos de Las mareas brujas que embrujaron a José Saramago. Pero los cuentos se quedaban cortos, como la vida que pasa, a menudo, en un santiamén, y escribió en 1994 su primera novela: El humilladero.
El escritor participó recientemente en una nueva convocatoria del ciclo Hablando en tinta, organizado por el Área de Cultura del Cabildo de Tenerife en el salón de actos de TEA. O sea, Tenerife Espacio de las Artes. En esta ocasión, moderó Daniel María, también escritor y también amante de esas islas pequeñas de Dios y sus encantamientos. En su caso, La Gomera. A Daniel María todavía no le he echado el lazo. Y estoy tardando. El poeta Yeray Barroso, que de palabras entiende, asegura que al agulense hay que leerlo.
Víctor Álamo es lo que es gracias a El Hierro y a Juan José Delgado, profesor suyo en Bachillerato y luego, maestro sapiente y amigo cercano hasta el fin de sus días (“Su muerte me jodió mucho”). Ahora, el alumno devuelve querencias con Juan José Delgado, de un sabio antológico (Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias), libro que recupera su obra narrativa, poética y ensayística.
Delgado falleció en 2017 y la mística de El Hierro, en la sexta novela de Álamo, Isla Nada. Pero el arraigo y la ñoñería de la naturaleza calan hondo: Archipiélago herreño, su último volumen, reúne todas las obras ambientadas en la Isla del Meridiano: El humilladero, El año de la seca, Campiro que, Terramores y La cueva de los leprosos, junto con los libros de relatos Las mareas brujas y Mareas y marmullos. Dice el creador que esta novela de novelas ha evolucionado en la narrativa y que hay un después. Eso sí, nunca desdeña en sus textos al dialecto canario. No ha lugar. No tiene sentido. La piel dura curtida con Rafael Arozarena, Isaac de Vega, Cecilia Domínguez, Luis Feria, Elsa López, Víctor Ramírez… no cede ante la pandemia de las pantallas móviles que menoscaban el lenguaje y a este lado del Atlántico, además, infectan con el vosotreo la modalidad canaria del español. “Si la gente leyera más habría menos estupidez”, sentencia el tinerfeño con sangre bimbache.
Víctor Álamo estuvo de moda hace veinticinco años. Lucía palmito aquí y acuyá. En 2001, su tercera novela, Campiro que, publicada por Espasa, tuvo dos ediciones en España, siendo reconocida por la crítica nacional e internacional. En Francia, sin ir más lejos, fue finalista en 2005 del premio Femina a la mejor novela extranjera. Y ganaba premios y dinero. Y con el dinero se compró una moto. Y con la moto surcó los siete mares. Y, como siempre, acabó en el Mar de las Calmas, que no es el morir.
Antes era más pro, apunta su hijo, Pablo. Pero el éxito, según. En la actualidad, es más de experiencias y de no perderse los mentideros de La Restinga, en los que ya participa con algún cuento chino. De casta le viene, aunque no sea pescador.
A estas alturas del andar la carrera literaria no le obsesiona. Saca ratos de vez en cuando y recuerda lo que le contaba su abuelo, que murió con 107 años.

