Me animo a escribir estas líneas sobre la figura y la obra de mi padre, fallecido hace unos días, porque mi gran maestro merece esta señal de gratitud, pero, sobre todo, porque tengo la certeza de que este comentario puede aliviar a quienes -como mis hermanos, mi familia, nuestros seres queridos y yo- hemos compartidos su dolor y sufrimiento.
Mi padre, Isidro Pitti, administrativo de Justicia y agente de Seguros, fue un gran trabajador; un hombre dedicado en cuerpo y alma a sus tareas profesionales, que trabajaba de sol a sol, para darnos -a mis hermanos y a mí, cuatro hijos- la formación que nos permitió encauzar nuestras vidas.
Más allá del aula, mi progenitor fue un hombre recto, honrado, justo; inflexible en la orientación de nuestra educación. Él quiso que yo me licenciara en Derecho, porque, tratando diariamente con abogados y jueces en los juzgados en los que laboró, pensaba que ésta era la mejor salida profesional para mí. En este aspecto, no lo pude complacer. Desde niño sentí una indeclinable vocación por la comunicación, y, de hecho, publiqué mi primer trabajo con 13 años. Fue una entrevista con mi tío Óscar González, hermano de mi madre, q.e.p.d., que era campeón provincial de motocross. Se publicó en La Tarde por la intercesión de mi primo Enrique Rey Pitti, a quien siempre agradeceré me abriera la puerta de mi destino.
Naturalmente, mi padre respetó mi determinación y también fue vigilante con el ejercicio de mi tarea. Cuando nuestro Club iniciaba su declive, después de los felices 90, fui muy crítico con Javier Pérez y él me tiró de las orejas: “¡Afloja, José Manuel! ¡Afloja!”. Me educó entre principios y valores y siempre me reclamó prudencia y generosidad.
Mi padre era simpatizante de Alianza Popular (AP), pero -durante la dictadura- mantuvo como el mejor de sus amigos a Pepe Toledo, durante muchos años, en la clandestinidad, adepto del Partido Comunista (PCE). Siempre admiré profundamente por esta razón a mi padre, y, naturalmente, también a Pepe, que priorizaron la amistad sobre la ideología, y transitaron el régimen -hermanados y abrazados- con ideas antagónicas.
Debo a mi padre mi adscripción tinerfeñista. En mi infancia, a través de los periódicos que él traía diariamente a casa, yo me enamoré del Club Deportivo Tenerife. Desde Granadilla hasta Santa Cruz, por la “carretera vieja”, teníamos 4 horas de distancia. Pedí a mi padre que me llevara al Heliodoro y me complació. Sucedió el día 21 de Marzo de 1971. Yo tenía 12 años, y, con él, viví un día glorioso: desde que accedí al recinto, por la grada de Herradura, y contemplé -regocijado- aquella hermosa alfombra verde; cuando vi saltar a mis héroes al césped; y cuando batimos al filial atlético (3-0, con dos goles de Juanito el Vieja y uno de Jorge).
La feliz realidad de la transmisión del legado está contenida en el Himno del Centenario, una obra de Benito Cabrera, con Árgel Campos, Alberto Méndez y los coros de varias murgas de Tenerife. “Cien años pasaron ya / del nacimiento de un sueño, al compartir una misma pasión / sobre mi suelo isleño… Soy emoción blanquiazul / como mi padre y mi abuelo / y entonaré para mi club / un ‘riqui raca’ hasta el cielo…”
Mi padre vivió enamoradísimo de mi madre, Teresa, la única mujer de su vida. Cuando ella falleció, hace nueve años, él se derrumbó. En el tono de su voz se podía detectar que -tras su partida- él había perdido las ganas de vivir. Y resistió estoicamente por su fe y por el amor infinito a sus hijos.
Con 93 años, enfermó gravemente y pasó sus últimos quince días entre hospitales. Y se enfrentó a un sufrimiento irreversible. Cuando emitió su último suspiro, sufrí un desgarro brutal, pero, simultáneamente, una misteriosa serenidad. Mi padre, que libraba una batalla perdida, descansó. No tardé en entender que era más importante su quietud que nuestro dolor.
Mi gran maestro me dio una constante lección de vida, y, cuando se despidió, también una cátedra de muerte.

