El Charco hondo

Trampas al solitario (y 2)

A años luz de lo que pueda concluir algún distraído, en ningún caso lo que se plantea (ayer, y hoy) es restar o negar importancia al golpe que la ómicron está asestando en el ámbito sanitario -al sistema, y a profesionales ya exhaustos- o en el tren de la recuperación económica. Cuando se sitúa en […]

A años luz de lo que pueda concluir algún distraído, en ningún caso lo que se plantea (ayer, y hoy) es restar o negar importancia al golpe que la ómicron está asestando en el ámbito sanitario -al sistema, y a profesionales ya exhaustos- o en el tren de la recuperación económica. Cuando se sitúa en lo vintage tanta reincidencia en el error de conformarse con decretar niveles, aforos y el repetido sinfín de medidas, lejos de proponerse dejarlo estar, se sugiere hacerlo mejor, desistir de restricciones cada vez menos efectivas y volcarse, tirando de realismo, en promover por tierra, mar y aire un manual de buenos hábitos concebido para esta ola, y no, como ocurre con los niveles rescatados del baúl de 2020 y 2021, restricciones pensadas para las olas primera, segunda, tercera, cuarta o quinta. En el convencimiento de que reiterar, en las comparecencias posteriores al Consejo de Gobierno, aluviones de epígrafes, anexos y otras ramificaciones normativas que no calan a pie de calle (demasiada información suele traducirse en desinformación), tiene sentido plantear que tendría mejores resultados un catálogo con únicamente cuatro o cinco recomendaciones necesarias e imprescindibles, ese manual de buenos hábitos que la gente memorice y haga suyo. Sin embargo, pinta que lo vintage -las restricciones retro- se impondrá hasta que esto acabe, si es que antes no acaba con nosotros el doble lenguaje, el afán de aferrarse públicamente a un discurso, a una menguante línea argumental, que apenas se parece a lo que se redacta en los protocolos de actuación que llegan al personal sanitario. Los niveles de las olas anteriores no están pensados para omicrón, tampoco los protocolos; pero, mientras las restricciones se agitan en público para calmar a quienes exigen mano dura, poco o nada se dice de protocolos cada vez más flexibles que sobrevuelan el libre albedrío. Sea porque no hay presupuesto capaz de pagar tanto test, o porque el sistema va a tirarse por la ventana si los pacientes siguen golpeando las puertas de los centros sanitarios, los protocolos se han ido desinflando hasta aterrizar en la sugerencia de que si te encuentras bien no estés dando la lata, gestiónalo sin colapsar innecesariamente los teléfonos o las salas de espera (no se expresa así, pero el tiro va por ahí). Así va la crónica más o menos anunciada de la sexta y puede que última ola. Presumiendo de restricciones, posavasos de vinilo, niveles uno, dos, tres o cuatro, faroles portavelas o regaderas de latón mientras, de puntillas, discretamente, los protocolos se acercan lenta pero imparablemente a la resignación ante la evidencia del contagio masivo.