tribuna

Bloqueando que es gerundio

Vuelve el bloqueo y la política del no es no y qué parte del no ha entendido. Ahora no se trata de componer un Frankenstein, sino de impedir el acceso de la ultraderecha al gobierno de una región. Hasta aquí en España hemos arrastrado la discusión sobre el y tú más a la hora de pactar con los extremos. En ese debate parece que seguimos hoy. Vox se legitima en base a los apoyos de Bildu y los independentistas, por el otro lado. Al menos eso dicen desde algunos de los reductos de una derecha nostálgica que sorprendentemente, no se sabe alimentada por quién, ha conseguido más apoyos de los que se esperaban. ¿Dónde está el origen de todo esto? Puede ser que se encuentre en la caída del felipismo, cuando en el PSOE se empiezan a dar casos de primarias ajustadísimas que dividen internamente al partido. Hay que recordar el tiempo en que Alfonso Guerra llamaba bambi a Zapatero y luego Rubalcaba denominaba Frankenstein al proyecto de Pedro Sánchez. La resurrección del franquismo se produce en el momento en que se coloca como arma estratégica en el debate nacional, diluyendo otros asuntos territoriales más urgentes e importantes, y con mayor presencia a la hora de plantear tensiones. Las amenazas golpistas anteriores estaban controladas como se relata hoy en las notas del general Manglano, publicadas en El jefe de los espías o en Al servicio de su majestad, de Fernando Rueda.

Indudablemente se ha producido una fisura en el socialismo español a partir del relevo de la vieja guardia a la nueva política. Las diferencias han ido a más, desde el “por qué no te callas” a las maletas de Delcy. Todo empezó cuando los padres, los viejos socialistas, en la voz de Felipe González, abogaban por una gran coalición para salir del bloqueo, pero esto terminó en unas elecciones fallidas para todos, con amenazas de sorpaso, en junio de 2016, y la posterior plantada del Comité Federal que desposeyó a Pedro Sánchez de sus cargos orgánicos. Estas heridas consecuentemente siguen abiertas en la sociedad española y han logrado crear una nueva concepción en la política de izquierdas, que se ha construido en torno a la esperanza de seguir consiguiendo algunas victorias locales mientras la estructura se derrumba, poco a poco, en manos de su propio deterioro contradictorio.

Ahora volvemos al mismo enfrentamiento porque hay alguien que eso le aporta algún rédito electoral y es al revés, demuele a ese proyecto imposible cada vez más. No queda otra que intentar repetir la jugada, pero cada vez con menos expectativas de éxito. Podemos se pierde como las hilachas de los riachuelos cuando la sequía. Yolanda se fotografía en una cheslón cada vez más destartalada, ofreciendo un glamur de papel cuché en el que no tiene cabida, y Sánchez se desangra en Galicia, en el País Vasco, en Madrid y ahora en Castilla León. En lugar de cambiar de estrategia seguimos con los mismos eslóganes, como si con ello se hubiera conseguido algo más que una victoria pírrica. La escena del sofá ha quedado desbaratada con la huida de los socios en la votación de la reforma laboral. Dice el refrán que en casa del pobre la dicha dura poco. Ahora Óscar Puente, que no es sospechoso de ser de la vieja guardia, vuelve a hablar de una coalición, como la de Alemania, para Castilla. En Moncloa siguen con la mirada puesta en Antonio Costa, como si fuéramos iguales, y cantando aquello de “Lorito real tú para España y yo para Portugal”. El tren de la oportunidad es raro que pase más de dos veces por el mismo andén. Ferraz se niega a cogerlo y en El País se dice que vuelve el bloqueo. A qué bloqueo se refiere.

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