tribuna

¿Hijos o mascotas?

Monika Zgutova escribe en El País un artículo donde cuestiona unas declaraciones del papa Francisco relacionadas con la preferencia, cada vez más creciente de tener animales de compañía en lugar de hijos. No se trata de una defensa de las políticas animalistas, sino de otra cosa. Dice el papa: “Una de las formas del egoísmo hoy es que algunas personas no quieren tener hijos, o solo uno. Sin embargo, sí tienen perros y gatos que ocupan el lugar de los niños. Sí, ya sé que da risa, pero esas personas sienten que es más cómodo tener perros y gatos. La negación de la paternidad y la maternidad nos menoscaba y la humanidad se pierde”. La señora Zgutova crítica la actitud del papa que por un lado se muestra ecologista y por el otro alienta a los nacimientos que, según ella, constituyen una amenaza para el planeta. También utiliza un argumento igualitario y demagógico sobre las zonas del mundo en donde se pasa hambre, como si allí estuvieran practicando la adopción de animales y las familias vivieran felices en sus chozas junto a sus mascotas. “El crecimiento de población, dice, es una de las causas tanto del calentamiento global como de la pérdida de la biodiversidad”. Estas apreciaciones son la demostración de la existencia de un fundamentalismo ecofascista que invade a ciertos sectores de la izquierda radical, y que no disimula su intención de sacrificar el instinto de pervivencia de la especie en nombre de una ideología que considera a los individuos como un apéndice manipulable de la manifestación de la vida. Menos mal que nos queda el papa para recordarnos nuestros derechos como personas, porque la intención de la visión económica y medioambiental de las transiciones venideras nos coloca en el último escalón de la escala de valores a respetar. La revolución que se avecina, que es la encargada de acelerar definitivamente a nuestra decadencia, se basa en ese nihilismo contemplativo mientras acariciamos al gato o lo llevamos a la peluquería o le hacemos un plan de pensiones para el día que no estemos. El papa se limita a decir que da risa, pero a mi me produce escándalo tanta estupidez. Lo sorprendente es que la articulista asegura que estas opiniones son mayoritarias en la juventud actual. Échate a temblar. Los europeos aficionados a las mascotas son cada vez más, mientras en otras partes del planeta se reproducen como los conejos. Dentro de unos años nos habrán barrido del mapa, que debe ser el objetivo de personas como Monika Zgutova. Después se alude a un desarrollo sentimental donde se asegura que el amor que te devuelve un animal no es comparable al que se obtiene de un humano, y que las personas que se comunican con sus perros y sus gatos son más sensibles que las otras que se echan cada mañana a la calle para buscarse la vida y alimentar a su prole. Parece que son valores que decaen, modos obsoletos de una vida torpe que se empeña en tener compromiso consigo misma en lugar de entregarla generosamente a la conservación del planeta. El egoísmo consiste en eso, en lugar de en lo que dice el papa Francisco. Hace años que estoy convencido de que no existe mayor amenaza que la dictadura de la naturaleza sobre el hombre que impone la ideología conservacionista a ultranza. Lo que digo no es políticamente correcto, ya lo sé. Llego tarde con esta perorata porque esa idea ha sido capaz de implantarse agarrotando al cuerpo social, asfixiado y rodeado por la serpiente como el Laocoonte. Ya los animales han pasado, por ley, a integrarse en la sociedad familiar con los mismos derechos que los hijos. Estamos en el camino de la incorporación de nuevos miembros. Quizá después, una asociación de propietarios de muñecas hinchables consiga lo mismo para sus adorados objetos, y veamos a alguna señora dejándole sus bienes a su satisfyer, que es el que mejor la entiende. Soy liberal y, en nombre de los individuos que quedamos sin colonizar, elevo un grito para tratar de proteger mi entidad única, liberada de la garra colectiva, y salvarme, y de paso salvar a todos aquellos que quieran hacerlo conmigo. Imagino que no serán pocos.

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