viernes a la sombra

Bucha

Cada guerra, un desmán en sí mismo, tiene su masacre, su episodio vergonzante, su matanza horribilis. Y en algunos casos, su relato o su película. Algo que sucede, pero de lo que nadie luego quiere hablar, salvo que algún participante, algún superviviente o algún testigo hiciera un esfuerzo de confesión e hiciera trascender lo ocurrido. La guerra de Putin, o la de Ucrania, como la quieran llamar, ya tiene la suya: Bucha, una ciudad de cierta importancia, perteneciente a la oblast o región de Kiev. En Bucha han registrado imágenes de atrocidades, tantas que el Kremlin se apresurado a hablar de montaje que, desde el lado opuesto, se presenta como prueba irrefutable de la crudeza con que se comportan los rusos. Siempre habrá un margen para la duda en tanto las partes en conflicto exageran, pero cuando se creía que el núcleo de poder ruso estaba dando otra magistral lección de desinformación del conflicto en Ucrania, el desmentido y las sucesivas reacciones a escala internacional ponen de relieve que la guerra, además de los frentes puramente bélicos, se libra también en otros foros, otros espacios y con otras armas, con otros recursos tecnológicos. Ahí entra en juego el Comité para la Seguridad del Estado, antiguo KGB, agencia de inteligencia y centro principal de la policía secreta de la Unión Soviética, operativa desde marzo de 1954 hasta noviembre de 1991 (desapareció precisamente cuando la disolución de aquélla). Fue sustituido por el Servicio de Inteligencia Extranjera que pasó a dirigir las actividades de espionaje fuera del país y conservar todos los archivos y la documentación referente al KGB. Los métodos de desinformación fueron generados e impulsados durante el régimen zarista. Con ellos, cuando sucede una masacre como la de Bucha, se trata de poner en cuestión la evidencia más palpable, es decir, sembrar la duda sobre los hechos y así ir socavando la confianza de la ciudadanía en las instituciones y en los medios de comunicación independientes. El KGB, según la periodista e investigadora española, Ana Alonso, definía la desinformación como “la invención de datos para generar, en la mente del adversario, imágenes incorrectas o imaginarias de la realidad para que este tome decisiones beneficiosas [para Moscú]”. Se mueve en el terreno de lo encubierto y clandestino. Está claro entonces que la desinformación es un instrumento muy valioso. Desde los tiempos de Lenin, según los estudiosos. Así hemos ido sabiendo de los entresijos de la masacre de Bucha. De este modo, opera la maquinaria de la desinformación made in Moscú: mientras decenas de testigos daban cuenta del horror de ucranianos enterrados en fosas comunes o asesinados en plena calle maniatados, el Kremlin coreaba al unísono que aquello era una “escenificación”, otra patraña de occidente. La conclusión es que todos mienten y tratan de hacer llegar mensajes falsos, interesadamente mendaces y no basados en la realidad. O sea, que en la guerra hay que obrar así si quieres tener una ventaja en los otros frentes de los que hablamos. Se termina por no creer en nada, ni en gobiernos ni en fuentes oficiales ni en expertos ni en medios, por su puesto. ¿Es eso lo que buscan? O sea, ciudadanos desinformados y amargados viendo cómo se mata a inocentes y seres indefensos. Claro: así se les ve cada vez más vulnerables, más manipulados (con vistas al futuro, casi nada) y alejados de los medios de información. Terrible panorama.

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