el charco hondo

El embarazo

En general, los síntomas de embarazo electoral suelen manifestarse en las sedes de los partidos de forma similar, ese dolor en la parte baja del abdomen, el nerviosismo cada vez peor disimulado, la intolerancia y aversión a sabores, siglas, olores y adversarios, el cambio de preferencias con las comidas, reuniones o bebidas, y de las prioridades, hipersensibilidad, desconfianza e incluso algún síntoma de algo que pueda emparentarse con la paranoia, pectorales y oídos sensibles, dolores demoscópicos, náuseas matutinas provocadas por titulares u opiniones que desembocan en malestar estomacal, falta de apetito, confundir gigantes con molinos, amigos con proveedores, palmeros con amigos o leales con súbditos, y, entre otras señales, esa facilidad con la que sonríen, abrazan y besan cuando se confirma que, efectivamente, quedan nueve meses para la campaña, jornada de reflexión, domingo electoral, ganar, perder, seguir o sumergirse en el frío de la calle. Nueve meses, sí, porque descontando julio, agosto y el paréntesis de turrones, cenas de empresa y uvas, lo que separa a los partidos de las urnas es un embarazo de nueve meses. Sabiéndolo, hay quienes están con las pilas puestas, la guitarra afinada y esa actitud que requieren los embarazos electorales, esa permeabilidad, separar con inteligencia polvo y paja, ideas e idioteces, en la construcción un relato razonable, creíble y capaz de calar sin chirriar, estando a lo que hay que estar sin despilfarrar agenda en irrelevancias o irrelevantes. Otros, sin embargo, creyéndose atemporales tienen pinta de que se les van a escapar los meses, y los trenes. A menos de trescientos días del parto electoral, con los acontecimientos sucediéndose a la velocidad de la luz, y la política tan cambiante como líquida, será la economía (y los sustos o disgustos que puedan aflorarles entre los propios) lo que tenga a la tortilla dando vueltas, tantas como darán las encuestas. Crecerán aquellos que tengan claro qué banderas enarbolan, qué mensajes son los que pueden calar en una opinión pública más atenta al calendario de festejos que a la agenda electoral. Bienaventurados los que se pongan el traje de faena sin esperar a después del verano, no tienen garantizado el reino de los cielos pero sí ganar algo de ventaja sobre rezagados y distraídos. Comienza la balacera. Empieza el espectáculo. Tomen asiento. Será duro. Hay mucho en juego. Los embarazos, ya se sabe, esos cambios de humor, los caprichos, el carácter acatarrado, los nervios, esas náuseas que genera el olor a urna.

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