el charco hondo

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Tal día como hoy, hace cincuenta y cuatro años, una revuelta que buscaba cambiar las cosas, pero no necesariamente gobernarlas o gestionarlas, creyó encontrar playas debajo de los adoquines que arrojaban contra el sistema, contra lo establecido. En los primeros días de aquel mayo, en 1968, los estudiantes de Nanterre -clausurada- se trasladaron a la Sorbona. Cargas policiales. Cientos de detenidos. Barricadas. Con París convertida en una batalla sin campo, un par de semanas más tarde diez millones de trabajadores paralizaron Francia, provocando que a la República le temblaran las rodillas. No funcionaban los trenes. Tampoco las fábricas. Ni los aeropuertos. Aquella revolución no cuajó, pero dejó la semilla de distintas causas que le sobrevivieron. Como David Dusster recordó hace algunos años, Joaquín Estefanía -Revoluciones, cincuenta años de rebeldía- concluyó con acierto que ecologismo, libertad sexual o la educación igualitaria florecieron dando pasos que abrieron el camino a los siguientes. Aquello no cambió el poder ni el sistema, pero transformó ideas y valores -escribió Estefanía-. Mientras, en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Madrid un estudiante descolgó el Cristo que presidía la clase y lo lanzó contra las furgonetas policiales. Los grises, según relata Miguel Amorós -1968, El año sublime de la acracia- habían irrumpido en el recinto universitario para disolver una asamblea de las muchas que venían celebrándose. El punto caliente de aquellos altercados también llegaría en 1968, con la muerte a manos de la policía del estudiante Enrique Ruano. En Canarias también se materializaron algunos sucesos provocados por la onda expansiva de lo que estaba ocurriendo en París, Madrid o Barcelona. Tal día como hoy, cincuenta y cuatro años después de hace ahora cincuenta y cuatro años, el amigo de un amigo, que nació en mayo de 1968, celebra sus cincuenta y cuatro convencido de que la edad nos hace más libres, impermeables al veneno, la bobería o el qué dirán, alérgicos a las pérdidas de tiempo, al cólera y las pequeñeces, al mal rollo o la mala baba. El amigo de un amigo nació en mayo del 68, y de aquel año a esta parte ha aprendido que el largo plazo es el corto, porque malo es aplazar las cosas del querer, y del poder hacer. El amigo de mi amigo se asocia a gente que siente, ríe y entienda que salvo los rotos de la salud los sobresaltos son anécdotas, pura vida. Suele decir, y escribir, que lo mejor que le ha pasado es aprender a tomarse en serio no tomándose en serio, a reírse a todas horas de sí mismo, y a pasar de largo, sin pestañear, cuando se cruza con egos, estupideces, vanidades, celos y otras sustancias tóxicas.

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