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La culpa fue del cha cha cha

Mis dos sobrinos atletas, Jorge y Sergio, viajaron a Italia a disputar una media maratón cerca de Roma. Alquilaron un Panda en Fiumicino y se dirigieron a un hotel de carretera donde habían establecido su base. Los dos con sus GPS activados y discutiendo sin parar qué ruta debían seguir. A todas estas, los GPS daban ubicaciones distintas; y entonces empezó el ingrato dilema de ver cuál de los dos estaba dando la posición correcta. Mi sobrino Sergio, que era quien conducía porque Jorge a sus cuarenta años muy cumplidos es una de las pocas personas en Canarias que no tiene carné habilitante, maneja con la mano plana sobre el volante y lo gira con esa posición de la mano de manera inverosímil. Bien, pues en medio de la discusión pasaron tres horas y cincuenta y tres minutos hasta que aparecieron ¡en Pisa!, con los turistas americanos en sandalias y calcetines, que admiraban la torre inclinada. Cuando le pidieron a una pareja de carabinieris que les indicaran la ubicación del hotel de Roma, los dos guardias se miraron con la misma cara que ponía Louis de Funes en el Gendarme de St. Tropez (1964) y hasta hicieron ademán de sacar sus espadines. Finalmente les informaron a mis sobrinos de que aquello no era Roma, sino Pisa. Ya de regreso a la Ciudad Eterna la discusión versó sobre quién pagaba la gasolina de la equivocación y entonces Jorge, con cierto desprecio, lanzó sobre Sergio un billete de 50 euros para zanjar la cosa. Jorge estaba obsesionado con la carrera y no paraba de repetir: “¡No llegamos a tiempo de retirar los dorsales!”. Con esa cantinela lograron alcanzar Roma y correr. Llegaron casi los últimos a la meta. ¿Y de quién fue la culpa? La culpa fue del cha cha cha.

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