tribuna

La democracia de los contenidos

Publica El País un artículo de José Nevado titulado Democracia es elegir lo que ves donde hace referencia a la nueva Ley Audiovisual. No está claro si lo que quiere decir es que la democracia consiste en que podamos elegir los contenidos que nos ofrecen los medios o es que podemos adoptar decisiones elegidas de entre las que se nos presentan cada día. Esto último implica la existencia de una manipulación orweliana que creo que es la que mejor retrata la situación en la que estamos inmersos. Nevado es presidente de una asociación de productores independientes de televisión, algo con muy poca influencia y entidad en un ámbito donde el poder para moldear la forma de pensar de una sociedad se lo reparten entre unos pocos. Los analistas españoles lo denominan ingeniería social, un agente que actúa como el asesino silencioso para provocar cambios sustanciales en nuestra manera de enjuiciar los problemas que nos rodean. Muchas personas afirman que eso no les afecta, pero ahí se encuentra la discreción y la reserva con que actúan las cosas sutiles, aquellas de las que no tenemos fehaciencia de que existen y que, a la larga, lo trastocan todo sin que nos demos cuenta. Extraigo este texto de su escrito: “Un español pasa casi cuatro horas viendo contenidos en una pantalla. En su tiempo libre el ciudadano decide entretenerse, educarse, informarse o disfrutar de la cultura con el audiovisual. No hay nada que influya más en su modo de pensar o de vivir. Somos lo que comemos y esos contenidos son devorados por millones de espectadores diariamente”. Luego dice: “Esta ley va a permitir que la mayoría de los contenidos que van a condicionar nuestra forma de ver el mundo los decidan dos empresas, Mediaset y Atresmedia, ayudadas por el algortimo de las plataformas streaming”. Confieso que este es un ambiente que no domino. Si yo fuera capaz de adivinar esos algoritmos a buen seguro que los estaría poniendo en práctica para llegar con más facilidad a todos ustedes; pero ando solo, como don Quijote, atrincherado en un ambiente que no es el de los demás, como el ozono que, según decía don Agustín Arévalo en su primera clase del curso de química elemental, era el caballero andante de la tabla periódica. No influimos porque no disponemos de esas herramientas, lo que quiere decir que hoy, solo con la razón no se va a ninguna parte. Hace falta algo más. Por eso se construyen contenidos interesados para amoldarnos a un mundo donde se hace cómoda la incomodidad de saber que estamos muy lejos de ser los protagonistas. Anoche vi a unos concursantes haciendo equilibrio sobre unos puntales tratando de no ser los primeros en caer. Detrás había una audiencia pendiente de que esto ocurriera. Me recordó un cuento de Andreiev que he leído desde que era muy joven, en el que se muestra a unos escaladores atrapados en una montaña escarpada mientras en la base se congrega una multitud esperando a ver cómo se despeñan. Andreierv es fantástico. Un precursor del vuelo de Saint Exupery y de Yukio Mishima en su obra El sol y el acero. Todo está escrito y los hombres, desde las época de Abraham se muestran moldeables ante cualquier predicación. Ahora nos dicen que la democracia consiste en poder elegir aquello con lo que nos van a matar. Es el consuelo de los tontos, siempre pensando en cuántos curas va a tener nuestro entierro y en dejar las esquelas pagadas. Sé que no tiene remedio porque constituye uno de los invariantes con los que nos toca vivir. Como dice Campoamor, todo es según el color del cristal. El problema es que ese cristal y ese color siempre lo eligen otros para hacernos creer que somos nosotros los que lo hacemos en nombre de nuestra libertad. En manos de los chamanes, desde el origen del mundo.

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