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Mi abuelo Tato

Mi abuelo, Domingo Sotomayor, a quien yo bauticé como Tato, y Tato se quedó entre sus nietos, era bastante bruto. Usaba unas pequeñas tijeras para cortar los puros que masticaba y si, al hacerse el nudo de la corbata, el rabo estrecho le quedaba más largo que la parte ancha, cortaba la prenda con las tijeras, sin dudarlo. En su vida habrá destrozado más de 1.000 corbatas. Mi abuelo coleccionaba sellos. Todavía tengo una enorme bolsa llena de sellos y no sé a quién endosárselos. Era sordo y mi tío le trajo de Alemania el primer audífono, que era una petaca plateada con un cable hasta la oreja, que funcionaba a pilas. Sus amigos tertulianos del bar Dinámico se pusieron de acuerdo, cuando lo estrenó, para mover los labios sin pronunciar palabra. Mi abuelo comenzó a sacudir el audífono y ante el silencio sepulcral lo tiró al suelo, diciendo: “¡Mi hijo me trajo una mierda!”. Tato hablaba bajito, como todos los sordos, y era un estupendo carpintero. En su casa convirtió un cuartito de la azotea en carpintería, que luego mi padre, cuando vivió en esa vieja mansión de la calle Blanco portuense, llenó de frascos con los más diversos tipos de clavos en ellos. Nadie supo nunca por qué mi padre acopiaba clavos; en mi familia somos un poco raros. Tato murió de cáncer porque se metía los terminales de los cordones de los zapatos dentro de las lengüetas. Uno de ellos le produjo una herida que él se curaba con Tipolín. La herida le provocó una úlcera y la úlcera un cáncer. No dejaba que nadie se lo tratara. Le cortó la pierna el doctor José Estrada; jamás dejó sus puros ni sus sellos. Un día se murió pero yo todavía sueño con él, sentado en el Dinámico con sus amigos.

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