tribuna

Reflexión treinta de mayo

El primer Estatuto de Autonomía de Canarias fue aprobado el 10 de agosto de 1982 (y publicado en el BOE el 16 de agosto de 1982). El 30 de mayo de 1983 tuvo lugar la primera sesión del primer Parlamento de la historia de Canarias, realmente era la primera vez que nuestra Comunidad se concebía como un solo pueblo en marcha y no como ocho tribus mal avenidas o como una sola provincia decidida por la metrópoli en 1833 para que nos siguiéramos enfrentando durante cien años más con el epígrafe conocido de «pleito insular». No solo somos una demarcación territorial, un archipiélago atlántico, somos una manera de ser, de pensar y de actuar, y hasta una manera de subsistir, como nos recordó don José de Viera y Clavijo. Somos una Cultura. Canarias es una nación. Pensar y actuar como un solo pueblo es el deber de todos y cada uno de los habitantes de este enclave atlántico repartido en ocho realidades insulares.

La Canarias preeuropea está expuesta en la Historia de Canarias (1772-1783) de José de Viera y Clavijo: «…puede concluirse de buena fe que los primitivos isleños de las Canarias formaban un cuerpo de nación original, coetánea a los tiempos heroicos, de una misma extracción y de un mismo gusto en todos [los] asuntos y en todos modos de pensar y subsistir». ¿Qué imagen de Canarias tienen sus habitantes, sus visitantes, los desconocedores de nuestras islas que han oído hablar algo de ellas? Ha escrito el ensayista británico Edmund Fawcett, en un libro luminoso sobre el liberalismo y los liberalismos, que «la mayoría de las personas tiene una imagen de su país, y a menudo varias, pero no todo el mundo tiene o necesita tener la misma imagen».

Tanto los intelectuales como los políticos en ejercicio de Canarias han ofrecido la imagen que estas islas le inspiran. En el sentido apuntado, nos gusta recordar cómo Canarias fue considerada como nación tanto en el Antiguo Régimen como en el Nuevo Régimen que inaugura la Edad Contemporánea. Como nación la concibió en el siglo XIV el humanista florentino Domenico Silvestri o, con posterioridad, como ya dijimos, José de Viera y Clavijo en el siglo XVIII, Agustín Millares Torres, en el siglo XIX, que llega a hablar del «Estado histórico» de Canarias; Manuel Ossuna van den Heede a principios del siglo XX, en años próximos al ondear de la primera bandera autonomista en el Ateneo de La Laguna, o el catedrático de la ULL Antonio de Bethencourt Massieu, en el siglo XX. Ninguno de ellos era sospechoso de militancia nacionalista. Dice también Fawcett que «la nación, entendida como unidad cultural, es para los conservadores una fuente de orden político, mientras que para los liberales se trata de una consecuencia de tal orden». Lo que está claro es que el orden político de una nación requiere unidad cultural, algo que desde la sola política es difícil de aportar.

Y a Canarias le sobran rasgos culturales para justificar su condición nacional diferenciada. Desde ser vecina del nacimiento del primer homo sapiens, en la cercana población de Jebel Irhoud, en el macizo del Atlas, hace 300.000 años, lo que supone retrasar el origen de la especie humana en unos 200.000 años, hasta ser uno de los tres pueblos pr incipales del mundo, junto a egipcios y peruanos del sur, en practicar el arte de la momificación, poseer una cultura indígena proveniente de esa zona africana aludida, una economía, una concepción astronómica ‒Risco Caído dixit‒, unas estructuras sociales singulares y ser hábitat de bosques milenarios, hasta convertirse por arte de magia navegadora en puerta obligada del Nuevo Mundo… La llegada de los europeos a nuestras islas a partir del siglo XIV no hizo sino enriquecer el legado de estas habitaciones atlánticas, la suma de sus señas de identidad, ahora complementadas con la tríada del monoteísmo judeocristiano, la filosofía racionalista gr ie ga y el dere cho romano, Jerusalén, Atenas y Roma, para decirlo desde la geografía clásica, además de las aportaciones de los otros europeos evolucionados que también dejaron en nuestras peñas las conquistas de sus civilizaciones respectivas, llámense la Ilustración de Viera y Clavijo o las vanguardias de Domingo López Torres o Pedro García Cabrera, por poner solo dos ejemplos diáfanos.

En consecuencia, nuestro pueblo posee unos rasgos culturales tan excepcionales que nada nos impide considerarlo una nación no solo étnica, sino también política. Otra cosa será cómo ha sido su relación con la antigua metrópoli colonizadora, desde que Canarias fue concebida como islas de realengo y de señorío hasta bien entrado el siglo XIX, hasta que fue considerada provincia única con capitalidad en Santa Cruz de Tenerife, desde 1833, doble provincia desde 1927, o autonomía desde 1982. Pero, ¿qué imagen tienen los canarios de su tierra? ¿La ven como una suma de islas que van cada una por su lado o la ven como un pueblo en marcha con una visión de conjunto sin el hándicap insular? Lo cierto es que desde el punto de vista cultural, literario, artístico, siempre hemos mantenido, por regla general y universitaria, una mentalidad subalterna y vicaria con la referencia española peninsular, una dependencia intelectual que nunca nos ha dejado avanzar en nuestro propio esclarecimiento simbólico. Como tampoco nos deja avanzar en nuestro propio esclarecimiento político, a pesar de las leyes estatutarias promulgadas y en vigor.

Hoy día las organizaciones políticas enraizadas en los cánones peninsulares y dependientes de ellos siguen protagonizando y hegemonizando nuestra esfera pública insular, y esforzándose en expulsar de esa vida colectiva a organizaciones de solo obediencia canaria. Y cuando uno denuncia asuntos como estos, suelen salir algunas voces de canarios cautivos, súbditos, ya sea en versión de semiprofesionales del Derecho algo desquiciados o del periodismo orgánico españolista, a faltarnos al respeto. Los restos de la colonialidad no nos permiten avanzar en nuestro propio aprecio y valoración como pueblo, siempre hay fuerzas e individualidades cómplices del centralismo y de sus trapisondas que siguen deformando la imagen de una Canarias que no solo ha de respetarse a sí misma, sino imponerse por encima de tanta distorsión externa e interesada. O somos quienes creemos que somos y quienes somos en realidad, con todas las consecuencias, o seguiremos siendo lo que los demás quieren que seamos a través de sus espejos manipulados y dependientes. Esa es la cuestión.

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