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Caminaban en círculo

Me contó mi inolvidable amigo Antonio Tavío, paz descanse, uno de aquellos negocios imaginativos que él hacía. Compró una partida de zapatos, creo que en Holanda, muy baratos, y los llevó a Senegal para venderlos. Esto ocurrió en la noche de los tiempos, que Antonio era un pionero. No sé si compró también un barco, me parece que sí, que más tarde se hundiría en las profundidades atlánticas. Pues bien, cargó el barco en Rotterdam con los zapatos y se dirigió a Senegal, a cuyo puerto principal llegó sin novedad con su cargamento. Pasó los trámites de Aduanas, sobornó a tres o cuatro funcionarios -como corresponde en África y en lo que no es África- y se dispuso a vender la mercancía a varios mayoristas locales. Pero he aquí que los holandeses -en Holanda también existe la piratería- le habían vendido a Antonio todos los zapatos del pie izquierdo, menos las cajas que le mostraron para que comprobara su calidad, antes de embarcarlos. Cuando le pregunté: “¿Y, entonces, qué hiciste?”, Antonio, con aquella cara que parecía que no había roto nunca un plato, respondió: “Pues colocarlos”. “¿Y los clientes?”, volví a preguntar: “Caminaban en círculo, como los musulmanes en torno al túmulo de La Meca, pero en aquel país se adaptan a todo”. “¿Y no protestaron?”. “Pues sí, cuando comenzaron a notar la incomodidad acudieron en tromba a los proveedores para reclamar, pero yo me había mandado a mudar, por si acaso”. Fue aquella una de las importaciones más surrealistas que he conocido. Antonio lo contaba como una anécdota graciosa y cuando la cosa se ponía tensa añadía que era mentira, que eso se lo había inventado su amigo Pepe Capón, con el que más tarde se enfadaría un poco. Pero ocurrir, ocurrió. Lo juro.

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