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El enemigo a batir

El enemigo a batir -la enemiga a batir- sigue siendo Isabel Díaz Ayuso, y Juanma Moreno, después de su aplastante victoria en Andalucía, lo reconoce, le hace un guiño y la pone como ejemplo: “Nos fijamos en los mejores”. Porque la presidenta madrileña, hoy por hoy, es la única dirigente popular que tendría asegurada la victoria en una confrontación electoral con Pedro Sánchez. Ni siquiera Núñez Feijóo, a pesar de sus muy buenas expectativas y su buena trayectoria en Galicia y en Madrid, y mucho menos Juanma Moreno, tendrían segura esa victoria. Por eso toda la izquierda partidista y mediática se ha lanzado a comparar temerariamente a Moreno con Ayuso, y a proclamar las supuestas virtudes de la estrategia de moderación, centralidad y transversalidad del andaluz frente al supuesto radicalismo de la madrileña. Todo vale para intentar descalificar a la verdadera y peligrosa enemiga, que está perfectamente identificada y calificada como tal, y que actualmente es la única que, con total seguridad, enviaría a Pedro Sánchez a la oposición o, incluso, al abandono de la política.

La comparación entre los dos presidentes es temeraria porque, en primer lugar, Ayuso obtuvo en Madrid una victoria tan aplastante y decisiva como Moreno en las elecciones andaluzas, y, además y sobre todo, porque no existe una estrategia electoral válida para todo tiempo y lugar. Cada territorio tiene una estructura social, política y económica diferente, una historia política y electoral distinta, y lo que es válido y conveniente para Andalucía no lo es para Madrid; y lo que sirve o funciona en Galicia no lo hace en Castilla y León. Y no digamos en los territorios catalanes y vascos, en donde el Partido Popular no existe.

La victoria de Juanma Moreno estuvo cimentada en varias circunstancias específicas perfectamente individualizadas. En primer y destacado lugar, el hundimiento de Ciudadanos, cuyos votos y escaños se pasaron en bloque a los populares. Alguien tendría que convencerlos de que se dejen de jugar a las casitas políticas, y el último que apague la luz y cierre la puerta. En segundo lugar, el sector socialdemócrata de Susana Díaz votó en contra del candidato socialista, que le había arrebatado la secretaría general andaluza, y en contra de Pedro Sánchez, que había hecho lo mismo en el PSOE estatal. Se habla de unos trescientos mil votos de castigo de los socialistas a su candidato. En tercer lugar, la izquierda a la izquierda de los socialistas compareció dividida en capillas y capillitas, y rivalidades infantiles de patio de colegio, y eso siempre se paga en las urnas. Y, finalmente, unos ciento cincuenta mil votantes de Vox optaron por el voto útil y votaron por el Partido Popular utilizando las mascarillas de la pandemia. Su voto -un voto radical de derechas- desmonta las supuestas virtudes de la estrategia de moderación, centralidad y transversalidad del presidente andaluz frente al supuesto radicalismo de la presidenta madrileña.

Mucha gente se está apresurando a hablar de cambio de ciclo y cosas semejantes, y la alarma se extiende entre los socialistas, que no pueden prescindir de su lastre de ultraizquierda y nacionalista. Sin embargo, a pesar de que el horizonte de los populares parece despejado, su candidato el año que viene no será Ayuso sino Feijóo, y eso deja las cosas en el aire.

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