el charco hondo

Gracias, Gabriela

Creyó que se le había olvidado jugar a baloncesto, sentía ansiedad, pasó por una depresión, luchó, se dejó arropar por profesionales y lo superó. Así lo resumió días atrás, aquí, en este periódico, Gabriela Sánchez- Parodi. Me despertaba por las mañanas -dijo- vencida por el siguiente entrenamiento. Colapsó. Se enfrentó al peor de los escenarios, a no saber qué ocurre, qué nos pasa. Jugadora de baloncesto, en la Franklin Pierce University, de la NCAA, a Gabriela no la ha frenado el tabú que siempre ha tenido los zarpazos de la salud mental escondidos en el trastero del silencio, enmudecidos, a resguardo en la caja de seguridad donde socialmente se guardan los asuntos de los que no debe hablarse. Conozco a Gabriela porque conozco bien a sus padres, afectos que atienden al principio de los vasos comunicantes, a la confianza de compartir con ellos, en confesiones de ida y vuelta, las rectas, curvas, desafíos, nubes y claros que doblan las esquinas. Y aplaudo, con fuerza, que la hija de José Luis y Gabriela se haya rebelado contra el silencio y cuente que, efectivamente, hay que dar y prestar voz a los episodios que abre o reabre la salud mental, a situaciones que piel adentro piden a gritos dejarse asesorar por profesionales, y arropar por familiares o amigos mayúsculos. Las familias deben abrir esas ventanas. El paisaje emocional que rodea a quienes tienen problemas de salud mental debe aprender a convivirlos, y a familiarizarse con los socavones, a cruzarlos porque lo que viene después del bache es continuar el camino. Y la Administración, a la que ahora se le llena la boca confesándose sensibilizada con los casos de salud mental, debe ir más allá de los discursos y manejarse con implicación, eficiencia en la respuesta y tacto cuando los casos de salud mental tocan a su puerta. Las quejas del Colegio de Psicología denunciando que el teléfono que se ha puesto en marcha se limita a derivar a quienes llaman, el incontestable déficit de psicólogos en lo público o, entre otras asignaturas suspendidas, la torpeza con la que algunas Administraciones lo gestionan intramuros, animan a exigir que más allá de los eslóganes se pongan mano a la obra para cambiar, pero de verdad, las cosas. Voces como las de Gabriela están arrinconando al silencio, al tabú. Ahora toca que se dé respuesta, con recursos materiales o humanos, pedagogía, tacto y sensibilidad a uno de los principales problemas de salud que debe gestionar el país. Gracias, Gabriela, por ayudar a construir el puente que nos permitirá cruzar este río.

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