tribuna

La Academia

La mayoría sandinista ha acordado el cierre de la Academia de la Lengua nicaragüense. Son cosas del llamado socialismo del siglo XXI. En realidad las academias funcionan como órganos caducos que solo sirven para poner cortapisas a la modernidad. Recordemos el informe de la RAE ante la consulta de la vicepresidenta Calvo sobre una reforma de la Constitución para hacerla más inclusiva. Los organismos encargados de la regulación del lenguaje no han demostrado ser permeables con estas actualizaciones. Algunos dicen que niegan la realidad, pero la verdad es que se trata de garantizar que la lengua, al menos, no se vea sometida a los caprichos de algunas tendencias revolucionarias que solo son flor de un día. La lengua, nuestra forma de expresarnos, es algo más que una coyuntura política que nunca puede considerarse estable, por definición. En España tampoco la relación de la Academia con la política ha sido buena en los últimos tiempos. A algunos les parece un reducto de la derecha y no tienen ningún reparo en expresarlo así cuando el compromiso más urgente es desmasculinizar los textos fundamentales de nuestra normativa. Perdón por el palabro, pero es que no encuentro otro que sea más explícito. Adolfo Suárez decía que había que considerar normal lo que a nivel de calle era normal. Parece que con esta declaración se admitía todo lo que fuera de uso común para convertirlo oficialmente en algo democrático. De esa manera el pecado dejaba de serlo en función de la frecuencia con que se cometiera, pasando automáticamente a pertenecer al mundo de la normalidad, esa a la que hoy le damos la oportunidad de presentarse como nueva. En nombre de esa estúpida igualdad de oportunidades elevamos a la categoría de admisible a términos como almóndiga o culamen, que pasan directamente de su transgresión oral a su aceptación oficial en el lenguaje escrito. Se llama aperturismo y consiste en una lucha revolucionaria, en todos los terrenos, para dejar bien claro que un trozo de nuestra vida está cambiando porque hay paladines de la libertad que así lo quieren. Por ejemplo, habría que disponer de un diccionario paralelo para tratar de entender a Yolanda Díaz; para eso nada mejor que doblegar a la Academia y tragarse todos los matrias pronunciados por las miembras del parlamento y convertir en sagrado lo que es considerado un chiste por el resto mayoritario de la sociedad. Visto así, se explica que las academias sean órganos molestos para quienes quieren implantar nuevos modos utilizando al lenguaje como una de sus herramientas principales. En nuestra España plurinacional eso constituye uno de nuestros principales conflictos. Si estamos por devaluar una importante riqueza cultural, qué más da que se atente contra el organismo encargado de preservarla. En el Gobierno hay miembros y miembras que simpatizan con el régimen de Ortega y creo que comparten el considerar a las academias como una resistencia a sus pretensiones de uniformar a la sociedad por medio de sus novedades inclusivas. Por eso no espero que ninguno de ellos, ni de ellas, se atreva a condenar lo que ha hecho el parlamento de Nicaragua, siguiendo las instrucciones de su dictador. Menos aún, que el ministro Iceta haga una protesta discreta sobre este asunto. El lenguaje es una cuestión de clases y la forma tradicional que tiene la izquierda para resolverla es igualar por abajo. Aguardo ansiosamente unas palabras de mi admirado Antonio Muñoz Molina.

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