el charco hondo

La siguiente primavera

Este será el último verano. El economista Santiago Niño-Becerra ha titulado cinematográficamente el escenario, duro, exigente, que algunas voces anuncian a partir de septiembre. A su juicio, el interminable viernes con el que a golpe de romerías, carnavales, conciertos, bodas o cumpleaños estamos celebrando el final de la pandemia y de las restricciones finalizará con una de las peores crisis que hayamos sufrido quienes, adultos contemporáneos, acumulamos tantos años empatando la anterior con la siguiente que empezamos a preguntarnos si las crisis económicas se conjugan en presente coyuntural o estructural. El aumento de la prima de riesgo, la orgía del consumo, los puertos asiáticos, las grietas energéticas o los agujeros del abastecimiento, los especuladores, el coste de la vida, los gobiernos que acaparan y la resurrección del relato militar, entre otros factores, dan forma al guion de la película que nos anuncian muchos economistas, con Niño-Becerra liderando el grupo de quienes lo ven muy feo. Hay otras lecturas, otras voces. Es innegable que profetizar una crisis económica, proclamando a todas horas su inminente llegada, contribuye eficientemente a darle forma, y existencia. Hay precedentes. A veces el origen de la crisis no es otro que repetir hasta el hartazgo que la crisis nos está esperando detrás del siguiente árbol. Está volviendo a ocurrir, pero hay más. Sea el último o el penúltimo verano, esta vez hay elementos que avalan la preocupación, los malos augurios. Inflación. Coste de la vida, del día a día. Borrachera. Resaca. Regreso a la realidad. Crisis. Con todo, también hay razones para driblar al pesimismo. Cuerpo a tierra, aquí, en Canarias, se está generando empleo, el turismo goza de buena salud y el talonario de lo público sigue creciendo. Ahora que los partidos encargan, airean o susurran distintos sondeos que ayuden a crear realidad, alimentando la lluvia fina que construye expectativa y atmósfera, cabe recordar que será la economía la que incline la balanza hacia unos u otros cuando abran los colegios electorales. El estado de ánimo es algo estacional, como el mismísimo verano de Niño-Becerra. Será la economía, el bolsillo, el que marque, allá por mayo, el crecimiento o retroceso de los partidos. El otoño será duro, jodido, pero será la primavera de las economías familiares la que dicte sentencia en las urnas en un sentido u otro. Las elecciones andaluzas, el momento dulce del PP o la mala racha de Sánchez han construido un estado de ánimo, pero será la economía, en mayo, la que apuntale o cambie gobiernos. Electoralmente lo decisivo no es el último verano sino la siguiente primavera.

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