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Lina González-Granados: “Mi sensibilidad es latina e inmigrante; desde ahí haré mi aportación a la Ópera de Los Ángeles como directora residente”

La Orquesta Sinfónica de Tenerife dedica el viernes su concierto a obras de Serguéi Rajmáninov y Dmitri Shostakóvich, con el pianista Evgeny Konnov como solista invitado y la batuta de la maestra colombiana
La directora colombiana Lina González-Granados. / Miguel Barreto

La juventud posee el viernes (19.30 horas) un notable protagonismo en el nuevo programa de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Tenerife (OST). La formación ofrecerá en el Auditorio capitalino el Concierto para piano y orquesta nº 2 en Do menor, op. 18, de Serguéi Rajmáninov, con el uzbeko Evgeny Konnov, de 29 años, como solista, y la Sinfonía nº 5 en Re menor, op. 47, de Dmitri Shostakóvich. Para ello contará con la batuta de Lina González-Granados. A sus 34 años, la artista colombiana es directora asistente de la Sinfónica de Chicago y en septiembre se estrena como directora residente en la Ópera de Los Ángeles.

-Este viernes debuta con la Sinfónica de Tenerife. ¿Cómo se produce ese primer acercamiento a una orquesta?
“Es como una cita a ciegas. Nunca sabes lo que vas encontrar. Es posible que la hayas escuchado antes por Internet o por donde sea, pero no puedes hacerte una idea de cómo será la experiencia hasta que no la vives en carne propia. Sin embargo, cuando llega ese día, en 15 segundos ya intuyes cómo te va a ir. Con la Sinfónica de Tenerife la comunicación ha sido muy fácil, muy fluida”.

“Acercarse por primera vez a una orquesta para dirigirla es como una cita a ciegas: nunca sabes lo que encontrarás”

-¿Qué margen tiene para aplicar su lectura de cada compositor cuando lo habitual es que se cuente con un tiempo muy limitado para los ensayos?
“En Europa tienes el privilegio de hacer más ensayos que en América. Vivo en Estados Unidos y allí, con las grandes orquestas, Chicago, Nueva York, Filadelfia…, lo habitual es un ensayo de dos horas. No más. Con tres o cuatro puedes preparar un concierto casi nota a nota. Además, aquí interpretaremos el Concierto para piano y orquesta nº 2, de Rajmáninov, y la Sinfonía nº 5, de Shostakóvich, que se tocan mucho y existe una conciencia colectiva sobre cómo deben sonar”.

-¿Y de qué manera entiende la dirección? ¿Es un diálogo constante con los músicos o más bien se traza un objetivo y el trabajo consiste en alcanzarlo?
“Es un equilibro. Desde un principio se ha de tener una visión de la música, de cómo se va a tocar desde la primera a la última nota. Esa mirada debe estar por encima de cualquier interpretación personal, para llegar lo más cerca posible a un ideal. Pero en ese camino la visión general se transforma. Los seres humanos son los que hacen la música y se expresan a través de ese diálogo musical. Aunque si solo dialogásemos, jamás llegaríamos al lugar que buscamos, pues cada músico tiene una opinión. La suerte que tengo con la OST es que nuestras opiniones se parecen”.

“En Europa puedes ensayar mucho más que en Estados Unidos, donde lo habitual es un solo ensayo de dos horas. No más”

-En su trabajo conviven lo sinfónico y lo operístico. ¿Son muy diferentes ambas facetas?
“Son géneros con distintas líneas de profundidad y de dificultad. En la ópera la música está al servicio del drama y la palabra, pero sí que hay transferencia de ideas, de conceptos. El idioma es la música y esas palabras y esos dramas están ya dentro de ella. No de forma explícita, como pueden ser el español o el italiano en la ópera, pero la música habla y canta, emociona. Todos esos valores se transfieren de la ópera a lo sinfónico y viceversa. Los grandes maestros suelen decir que es conveniente estudiar primero la ópera, adentrarse en las casas de ópera, y después lo sinfónico ya vendrá. Es, digamos, una forma de entrenarse con el drama para luego afrontar algo más abstracto, la música sinfónica”.

-En septiembre se estrena como directora residente de la Ópera de Los Ángeles. ¿Qué quiere potenciar o añadir en una institución tan consolidada?
“Abro mi temporada con Lucia di Lammermoor, de Donizetti, una obra de repertorio bastante difícil. Lo que busco en Los Ángeles es ocupar un lugar desde el que pueda hacer una aportación musical conforme a mi personalidad. Soy latinoamericana. Mi formación transcurrió en Estados Unidos, pero mi corazón y mi sensibilidad son latinos, de inmigrante. Eso está muy vinculado al tejido social y cultural de Los Ángeles. Mucho más que en otras ciudades del país. Por eso también pretendo acercarme a las comunidades y a las personas que no tienen un fácil acceso a la ópera”.

“El maestro Riccardo Muti es una persona generosa que ama a sus músicos; esa es la principal enseñanza que recibo de él”

-¿Cuál es, como directora asistente de la Sinfónica de Chicago, la mayor enseñanza que recibe de Riccardo Muti?
“La rigurosidad y la responsabilidad hacia la partitura. No hay nadie más preparado que él. Con cualquier partitura que le presenten, sabe cómo debe sonar, qué notas están ahí. Yo voy construyendo mis bases musicales. Hace tiempo que acabé mi doctorado y mis maestrías, por lo que estudiar con Muti ha sido como regresar a las raíces, solidificar esas bases. El maestro es una persona extraordinariamente generosa y ama a sus músicos sobre todas las cosas. Ese amor es con lo que me quiero quedar”.

-Las grandes orquestas poseen un sonido propio. ¿En qué medida eso complica y en qué facilita la labor de un director?
“Las orquestas de gran envergadura a las que he tenido el honor de dirigir, por ejemplo, la Filarmónica de Nueva York o la Orquesta de Filadelfia, tienen ese sonido característico. Pero también son muy flexibles. Lo que yo muestro con la mano, los músicos lo interpretan sin problema. Las posibilidades son infinitas. Si un director tiene algo que decir, ellos reproducen esa idea musical. Y si uno no posee esa especificidad de gesto, la orquesta entra en su sonido predeterminado. Cuanto más alto es el nivel, más música se puede hacer. La Orquesta de Filadelfia posee una resonancia muy grande en sus cuerdas. Se creó a principios del siglo XX y tocaba en la Academia de Música, un edificio con una acústica muy mala. En la de Chicago hay unas maderas y unos metales cuyo sonido corta como un láser. Y eso tiene también que ver con la naturaleza del auditorio donde toca. La creación de una sonoridad específica es la respuesta a una necesidad acústica. Todavía no he podido trabajar con la Orquesta de Cleveland, que es una de mis preferidas. Posee un rigor con el arco, una disciplina con las cuerdas, que genera una sonoridad homogénea y la hace única. Para que una de estas orquestas suene diferente a como lo hace tiene que contar con un director excepcional”.

“Dirigir es un equilibrio entre el diálogo y una visión general de la obra; en el caso de la OST, nuestras opiniones son muy parecidas”

-Usted es colombiana y conoce el repertorio latinoamericano. ¿Está suficientemente representado en los auditorios internacionales o resulta necesario profundizar mucho más?
“No lo está. Quizás se deba a que no contemos aún con tantas personalidades en el ámbito de la proyección internacional. Sin embargo, se está trabajando mucho y bien. En Latinoamérica somos más de 600 millones de personas y entre todas ellas hay un gran número que se dedica a la música y el resultado es de gran calidad. Lo que pasa en Venezuela con el Sistema [que impulsó el músico José Antonio Abreu] también ocurre, por ejemplo, en Colombia. Es un escenario musical muy rico que sin duda vale la pena explorar y se tiene que tener en cuenta mucho más”.

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