el charco hondo

Los ingrávidos

Los cuerpos de quienes aspiran a ir bien situados en las listas electorales, paso preliminar de cara a continuar o regresar a los despachos de gobierno, cabildos o ayuntamientos, experimentan durante el último verano de la legislatura el síndrome de adaptación o enfermedad del espacio, ese malestar que se manifiesta cuando el cargo que ocupan se adentra en los meses de la ingravidez y, como ocurre con los astronautas, sus líquidos se desplazan por el interior de la anatomía del instante. La percepción de caída libre que les provoca desconocer si irán en las planchas y, si finalmente los incluyen, en qué puesto, de salida o relleno, tiene estas semanas a los afectados flotando cual tripulantes de una nave espacial por pasillos, comparecencias, medios de comunicación y cócteles de alta o baja gama. No es el caso de quienes, bien posicionados en la cabina de mando orgánica, saben que irán, y bien. Los ingrávidos son los otros, aquellos que tienen la respuesta en el aire y el cargo acercándose a la fecha de caducidad, el futuro en manos de otros y el tren de las candidaturas con overbooking. Los ingrávidos, quienes no pesan en sus organizaciones, solo ven orejas cuando se les acerca el lobo, de ahí la enfermedad del espacio, síndrome que, en este caso, se denominaría de falta de espacio. Entre otras particularidades, conscientes de que deben exhibir sin complejos ni medidas tintas su absoluta lealtad a los jefes de filas, los ingrávidos tienen por costumbre rebajar a cero la gravedad de los errores que comenten sus superiores, llegando en algunos casos (con el lío de Argelia, por ejemplo) a quitar hierro al hierro y argumentar que lo ocurrido carece de la más mínima importancia, que ha sido, a su juicio, un patinazo diplomáticamente ingrávido, sin gravedad. Con la oposición encargándose de ponerles los pies en el suelo, los ingrávidos saben que es ahora, en los meses del verano, cuando, salvo algún fleco, el pescado de las listas electorales queda vendido, y, como en el colegio, el que no se ha movido tiempo ha tenido. Con el calendario sumergido en la precampaña, a los ingrávidos se les reconoce porque no corren riesgos, se limitan a repetir milimétricamente el poemario que les han pasado o, si no les ha llegado, lo que leen que ha dicho el brujo de la tribu. Cuerpos, argumentos y titulares se funden en idéntica ingravidez, flotan, están sin terminar de estar, se dejan ver para que los vean quienes deciden pero cuidándose mucho de no salirse del guión o, yendo más allá, llegando a negar sin pestañear también lo obvio. Son los ingrávidos, esos aspirantes que estos meses se reencuentran con la insoportable levedad del dejar de ser.

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