el charco hondo

Play-off

Ocurrió a finales de la década de los noventa. No fue antes, pero tampoco después. Al sureste de Castellón, en la comarca de la Plana Baja, una ciudad de la que en este país pocos o absolutamente nadie sabía nada cruzo la frontera que separa a la invisibilidad de la visibilidad. Hasta aquella tarde, de fútbol, pocos la ubicaban o lograban situarla correctamente en el mapa, qué decir de su industria cerámica o de sus cítricos, de los cincuenta mil habitantes que viven en ella, de sus reclamos turísticos o de sus antecedentes. De Villarreal poco o nada se sabía porque escasa existencia había adquirido, a ojos del gran público, antes de que el equipo de la ciudad ascendiera a primera división. Hace algunas semanas, en una incursión enormemente pedagógica por la periferia de París, alguien nos preguntó si alguna vez habíamos estado en Villarreal. Tal cual. Veinte años después de haber abandonado el mapa mudo de las ciudades de las que nadie habla, la inmensa mayoría de la gente sigue desconociéndola pero se percibe a Villarreal como una de las ciudades pujantes del país, de las pocas que se codean, en teles y radios, con el pentágono conformado por Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Bilbao. Con su ascenso a la liga de los mejores la ciudad dejó atrás el anonimato, entró en el club de las ciudades que se nombran a todas horas en el país del fútbol a todas horas. El fútbol da existencia, y la quita. El fútbol tiene la capacidad de cambiar el estado de ánimo de una ciudad, con la consiguiente traducción económica, entre otras ondas expansivas. A ojos del resto del país, poco dado a adentrarse en los detalles, las ciudades que tienen equipo en primera son de primera; las que no lo tienen puede que lo sean, o no. No atiende a lógica alguna, porque las ciudades merecen o no la pena con independencia del balón, pero es la pelota la que en mayor medida da existencia o la quita, genera la ficción de empuje o la niega. Cuando el equipo de tu ciudad asciende se respira que las cosas van mejor, importando poco cómo vayan realmente. Así las cosas, el fútbol es más que fútbol también para aquellos a los que no les gusta el fútbol, para las empresas, sin duda para los medios de comunicación, y para la política. Pocas cosas escapan al efecto dominó que provoca. De ahí el monólogo de estos días, el pensamiento único, las dudas, la incertidumbre, la rivalidad de quienes saben que están jugándose la capitalidad futbolística de Canarias. Desde anoche, y hasta el sábado, estará en juego qué Isla seguirá con opciones de volver a la liga de las ciudades de las que sí se habla. Esto es más que un derbi, es un play-off, es otra cosa.

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