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Mortadelo y Filemón

En vez de discutir tanto por los frescos del Parlamento, la Mesa de la cámara legislativa debería dirigirse a Francisco Ibáñez (antes de que sea demasiado tarde, tiene 86 años) para que dibuje otros de Mortadelo y Filemón, tapando los de los guanches rendidos a los castellanos. La verdad, no es muy normal que en un Parlamento autonómico aparezcan las jetas de los genocidas, por muy descendientes de ellos que sean los señores diputados, que en realidad son los verdaderos frescos. Yo prefiero unas escenas audaces de Mortadelo y Filemón antes de lo que se representa en aquellas paredes, que fueron antes academia de música y que además sirvieron para que los puñeteros franquistas celebraran allí sonadas e injustas condenas a muerte, según sé de oídas. Así que la sede nació viciada y eso no se lo quita nadie. Pero tapar los frescos durante las sesiones eso sí que me parece una gilipollada. O se quitan o se dejan, pero que no se tapen porque sería como esconder la historia, que no hay quien la borre. El genocidio ocurrió, los conquistadores fueron unos hijos de puta y no tenían por qué haber masacrado a un pueblo pacífico, con el que tenían que haber pactado una existencia digna. Y lo dice quien tiene en sus venas sangre portuguesa y guanche. Y si no que se lo pregunten al historiador Juan Régulo y al otro historiador Francisco García-Talavera, que sostienen el nacimiento canario de mi familia con el matrimonio de una hija de Bencomo y un capitán portugués. Hasta mi amigo Cubillo me lo reconoció cuando me regaló la bandera con las siete estrellas verdes y una dedicatoria “cariñosa”: “A Andrés Chávez (lo puso con zeta el muy jodido) de Antonio Cubillo”. Era el particular sentido que tenía él del cariño.

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