el charco hondo

Verano azul

A pesar de que la cumbre de la Alianza Atlántica va quedando cada más vez lejos en el calendario, le sobrevive la pirotécnica de jornadas que, envueltas en el celofán de la crónica rosa, nos regresaron a los gestos, guiños y complicidades de las pandillas veraniegas. Con la causalidad marcialmente camuflada de casualidad, actores y actrices principales cumplieron con solvencia el papel que, be cool, be friendly, les fue sugerido, un guión que consistió en trasladar unidad, confianza y complicidad. Con todo, la crónica social que invadió la atmósfera, esos días de vino, museos, risas y rosas en Madrid, fue solo una parte de la película que rodaron días atrás. Hubo más. Sorprende, especialmente a escépticos y agnósticos, que los representantes de los países convocados hayan televisado la resurrección del relato militar, y nuclear, con una alegría asimilable a las bodas o los cumpleaños. Llama la atención, a pocos, o muchos, el cinematográfico entusiasmo que sigue causando a los españoles, hijos y nietos de la década de los cincuenta retratada por Berlanga, Isbert, Morán o Sevilla (ay, americanos, vienen a España guapos y sanos), tener cerca al presidente de los Estados Unidos y a los líderes de algunos de los países que siempre hemos visto sentados en las mesas de decisión; por lo demás, importándonos poco que Europa, con o sin el primo americano, pasó hace tiempo de protagonista a secundario de un siglo con un creciente acento chino, en particular, y asiático, en general. La reunión ha sido importante, claro que sí. La cumbre abre un tiempo nuevo (y peor), por supuesto. Se nos da mejor que bien organizar lo que sea, es cierto. Sin embargo, se ha puesto de relieve que nos siguen pasando factura los cuarenta años que estuvimos sentados en el banquillo, viendo como otros jugaban el partido. De ahí el tono de las crónicas, valoraciones y balances, esa mirada deslumbrada que se les pone a los niños en la cabalgata de los reyes magos, esta manía de dejarnos hipnotizar por lo epidérmico sin apenas detenernos, ni evaluar, las cuestiones de fondo. Y de ahí, también, lo de haberse puesto de perfil (con excepciones como las de Gianni Pittella o la Comisión Española de Ayuda al Refugiado) cuando Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, proclamó tan ligera como irresponsablemente que los terroristas pueden mezclarse entre los inmigrantes que llegan a nuestras costas. Pittella o la CEAR han advertido que no hay ninguna evidencia de que haya presencia de terroristas entre los migrantes; el resto ha callado, dejándolo correr, no vaya a ser que afear la conducta o la afirmación a Stoltenberg vaya a empañar una cumbre que, por momentos, permitió reencontrarnos con la pandilla de verano azul.

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