decalcomanÍa 130

En la terminal

“Numerao, numerao, viva la numeración, quién ha visto matrimonio sin correr amonestación”, dice la letra de El pavo real, una de las canciones de más éxito del venezolano José Luis Rodríguez, El Puma. No obstante, sin entrar a descifrar lo surrealista del contenido, en España siempre hemos cantado este estribillo con un ligero giro: “Bumerán, bumerán, viva la numeración. Quién ha visto matrimonio sin correr por la estación”. Y que nos quiten lo bailado. El caso es que lo de acelerar el paso por estaciones o terminales es más o menos habitual, especialmente en estas fechas de canícula y viajes. Múltiples causas provocan las urgencias. Una de ellas se debe, de un tiempo a esta parte, a un error tipográfico en los pasaportes españoles, pues lo que debería ser una o mayúscula en el tercer dígito del número que identifica al documento se presenta como un cero. Y claro, luego pasa lo que pasa: visado rechazado por la Embajada de Estados Unidos aunque solo hagas escala por unas horas en una ciudad yanqui, envío de una nueva petición corregida (donde dije digo, digo diego), espera contrarreloj y nervios en el mostrador de facturación con cara de cordero degollado.

Al final, dos opciones según el desenlace: correr como Naruto o Jack Sparrow hacia la puerta de embarque o quedarte en tierra y lamentar tu maldita suerte entre gimoteos e improperios al beduino interplanetario (exclamaría el Capitán Haddock) que lo bordó con el pasaporte. Esto último lo sufrieron hace unos días tres paisanas en la T1 del Adolfo Suárez. En cuanto a quien escribe este artículo, también víctima de las circunstancias, dejémoslo en que corrí como un pirata de agua dulce. Eso sí, sin aires de mamarracho.

Horas antes había dormitado sobre una butaca con los pies sobre una maleta. Normal que en los aeropuertos, entre otros quehaceres, se duerma. A pocos metros un sujeto tumbado en el suelo roncaba con ostentoso y fastidioso estruendo. Tenía la cabeza apoyada sobre un petate o algo así, y solo cuando giraba el corpachón hacia la derecha el silencio regalaba los oídos. En esa situación ansié apuntalarle la espalda con un horcón, pero fue que no.

Entre unas cosas y otras amaneció, y como hormigas en torno a un hormiguero la sala se atiborró de gente en un santiamén. Gente grande, chica, negra, blanca, amarilla, con tatuajes, con bermudas y cholas, con botas de tendencia, con mucho equipaje, con poco, algún Croc, hiyab y teléfonos móviles a tutiplén. Gente de bien y de mal (de todo hay) que, dócil y obediente, hacía la cola pertinente y se movía de aquí para allá. Eché de menos a los hare krishna de Aterriza como puedas.

Con posterioridad, acomodado ya en el asiento del avión, el ronquido me persiguió: el individuo que se sentaba a mi izquierda emuló al cebón de la madrugada. En esta ocasión el estrépito era intermitente. Parecían pedos proyectados por un roñoso tubo de escape. A punto estuve de zarandearle, pero fue que no. Entonces, taponé la estridencia con unos auriculares y centré la atención en la película La Casa Gucci. Mejor la malvada Patrizia Reggiani (Lady Gaga) planeando el asesinato de Maurizio Gucci (Adam Driver), que los bramidos del vecino.

Echar cabezadas es sustancial a la condición viajera. Se da, incluso, en lugares poco apropiados para tal cometido. Sucedió, por ejemplo, en los urinarios de una de las terminales que he frecuentado estos días. No recuerdo cuál. Mientras uno estaba en lo que estaba, un individuo próximo soñaba con la cabeza apoyada en la pared a la vez, un suponer, que miccionaba lo suyo. Máxima relajación. Después de la necesidad debida abandoné los servicios dejando atrás al meón en brazos de Morfeo. Nunca una meada fue tan placentera.

El vuelo, a excepción de ligeras turbulencias que acojonan, fue bueno.

María Luisa Hodgson

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