el charco hondo

Pieles finas

Con la inestimable colaboración de las redes sociales, que algunos confunden con contenedores de basura o cubos donde vomitar los demonios, venenos y frustraciones que les escuecen piel adentro, de años a esta parte el arte de ofender ha dejado de serlo, convirtiéndose en algo que está al alcance de cualquiera que asome a cualquier pantalla. Ahora ofender está tirado, el listón de exigencia ha huido por el desagüe. Ofenden incluso los que no saben ofender, la tribu del querer sin poder. A raíz del desprestigio de la ofensa y de su proliferación, la capacidad de ofenderse ha crecido en paralelo. La piel se ha hecho más fina. Tener cintura es un resto arqueológico enterrado en el baúl del castellano antiguo. La irritabilidad extiende su imperio. Encajar las críticas se conjuga en pretérito más o menos perfecto. La piel ha dejado de serlo para adquirir la textura y fragilidad de la porcelana. Las redes, y quienes las utilizan para desahogar sus mierdas, han sembrado tempestades. Con todo, esa marea negra no justifica que se eleven a la categoría de herejía o sacrilegio, exceso verbal u opinión inadmisible, cualquier crítica que se haga o reciba. Siendo el mal del ofendido una patología que no hace excepciones con ninguna comunidad autónoma, una de las plantas autóctonas de las Islas es la piel fina, la histórica dificultad que la política local ha demostrado a la hora de encajar opiniones que pongan en duda capacidades, argumentos o actitudes. Será que décadas atrás quedó consolidado que mejor dejarlo estar. Cabe preguntarse cómo se habría reaccionado, qué habría pasado con las pieles finas de la política endémica si, como ha ocurrido en el acto de entrega de las medallas de Extremadura, un escritor sube a la tribuna y lee un discurso ante el estado mayor de las instituciones del lugar como el de Luis Landero. Queridos políticos, en confianza y cordialmente, sois unos canallas -dijo Landero-. Iréis de cabeza al infierno, pero no por haber sido perezosos, bebedores, o puteros, o codiciosos, o serviles, o cobardes, o descreídos. No, eso dios lo perdona. Iréis al infierno por no haber traído a Extremadura el tren que se merece -remató el escritor, con las autoridades de cuerpo presente-. La tentación de imaginar algo así en el acto del Día de Canarias no es poca; al revés, no parece descabellado concluir que un discurso de ese corte habría provocado un terremoto de días o semanas. Bien pudo Luis Landero ponerlos colorados sin caer en insultos o generalizaciones siempre injustas. Y bien podrían los pieles finas de la política del aquí, encajar las críticas -sean o no los charcos hondos- con algo más de cintura, encaje y buenas maneras; entre otras cosas, porque las pieles demasiado finas suelen aguantar poco al sol de lo público.

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