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Con la iglesia hemos dado

El fallecimiento de Benedicto XVI, uno de los mejores -y más claros- teólogos de los últimos tiempos, ha desatado, como era de esperar, por una parte, las anécdotas periodísticas al uso sobre su renuncia al papado, caso único desde el denominado Cisma de Occidente, y, por otro, su calificación como conservador en comparación con el papa actual. Y es en estas calificaciones por las que se impone transitar con especial cuidado. Porque tertulianos y comentaristas varios han planteado las cosas estos días como si la Iglesia fuera una organización civil o un movimiento político que se debatiera entre dirigentes progresistas y conservadores, como se debaten los jueces españoles, y la realidad es mucho más compleja.

Limitándonos a los papas, es cierto que hay diferencias de interpretaciones, de opiniones y hasta de comportamiento personal entre, por ejemplo, Pío XII, Pablo VI y el propio Benedicto XVI, con Juan XVIII, Juan Pablo II y el actual Francisco I. Pero esas diferencias se suelen sustanciar en un mayor o menor populismo y cercanía a los fieles, y se diluyen cuando se entra en el terreno de la teología y el dogma. El caso de la homosexualidad es paradigmático. No existe ninguna posibilidad de una evolución que lleve a que la Iglesia deje de considerarla una gravísima desviación moral, independientemente de que los homosexuales sean tratados con caridad cristiana, y de que muchos homosexuales sean católicos practicantes y fervorosos. Y en eso las confesiones protestantes y ortodoxas son todavía, si cabe, más radicales porque estamos en el núcleo duro del dogma. Y lo mismo podríamos afirmar respecto al aborto y la indisolubilidad del matrimonio, aunque la administración de la Eucaristía a los abortistas y divorciados se ha dejado al criterio de los obispos e, incluso, de los párrocos.

Sin embargo, no hay ningún obstáculo dogmático ni teológico que impida suprimir el celibato sacerdotal, lo que han hecho ya los protestantes, y permiten los ortodoxos y los católicos de rito oriental para diáconos y presbíteros. Y tampoco hay obstáculos sustanciales que impidan conferir las órdenes a las mujeres, como han hecho los protestantes, porque los argumentos basados en que todos los apóstoles eran varones decaen ante la realidad de la Virgen, de María Magdalena y de las demás mujeres que seguían a Cristo, según los Evangelios. En realidad, ningún Papa -incluyendo el actual- se ha atrevido a abordar estos temas por las consecuencias sociales y la problemática eclesial que desatarían, que podrían írseles de las manos y llegar a ser incontrolables. Y ahí está, por ejemplo, la problemática de los curas casados y de lo que la Iglesia denomina reducción al estado laical o secularización. Recientemente hemos tenido en España el caso de un obispo catalán, que ha abandonado el sacerdocio y contraído matrimonio.

La inmensa mayoría de los católicos practicantes no aprobarían un examen de teología elemental. Y no digamos los demás. Para analizar la evolución y las circunstancias de la Iglesia es necesario poseer una formación adecuada y utilizar unos instrumentos metodológicos precisos. En caso contrario nos ocurriría lo que a don Quijote, que buscando el palacio de Dulcinea en el capítulo IX de la Segunda parte encontró una modesta iglesia de pueblo -con minúscula-.

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