después del paréntesis

Para muestra un botón

El botón forma parte de lo íntimo. Es quien cierra las mangas de la camisa y toda ella hasta la cúspide; también la chaqueta o la ropa sofisticada de las chicas. Delata uno de los supuestos eróticos más recurridos, los botones de la bragueta de los hombres, el divino Buñuel de El perro andaluz. Luego, ¿por qué el botón sirve para aclarar eso de la muestra? La muestra es quien consigna, quien determina. Así, una muestra de orgullo, de orina, de sangre, de semen, de cariño, de orgullo, de pavor… La muestra da a saber. Por más compendia las maldades y las cualidades de las personas. Por ejemplo, por la muestra se si padezco de azúcar o de colesterol, que Dios no lo quiera. Al contrario el botón será pequeño pero resulta paradigmático como apéndice de lo que somos, de lo que manifestamos. Y lo es por estar, por ser visible, por manifestar lo que es. Por eso hemos de deducir el porqué manifiesto del refrán. En verdad a los humanos no nos designa lo absoluto por lo microscopio que guardamos sino por lo que manifestamos. Somos a pesar de que la muestra correspondiente diga que padezco un cáncer y que moriré en pocos meses. O lo que es lo mismo, en realidad las muestras no deciden, deciden las instancias que nos subliman o nos condenan. Me lo decía un paisano: “¿Análisis? ¿Para qué, para que el médico sepa que estoy enfermo? De mi casa no me muevo”. Mejor, pues, es aducir el complot con lo que acordamos ser no con lo que nos analiza. Porque eso somos, los que hablamos, los que nos comunicamos, los que interpretamos el mundo así, los que amamos… Y al revés, los que escuchamos, los que compartimos, los que gozamos porque nos quieren… Luego el botón está bien porque es lo más alejado de lo particular, de lo que revela el examen. El mundo debiera concebirse por semejante rigor. Es decir, eso del genoma humano o descifrar los pormenores más nimios de la vida está bien para los científicos, que siempre andan enredados en los asuntos del margen, mas en verdad tal actividad (lícita, aplaudida e incluso premiada) no cumple con el rigor. ¿De qué nos vale?, ¿qué interpreta?, ¿lo que nos repite, lo que nos diferencia? ¿Y qué? La verdad es lo que propugna el batón: la función de la vista, la función de la forma, incluso bonito o feo, la función del estar y su utilidad, guardar las comisuras para que no se vea el interior, lo que los hombres y las mujeres ocultamos o habremos de ocultar. El botón sería la metáfora de lo que nos hace reconocer, de lo que nos especifica, de lo que nos exalta o de lo que se nos permite despreciar. No somos muestras, somos botones. Que el botón salude a la muestra es un error manifiesto, una maldad.

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