anÁlisis

Así nació ‘Santa Cruz, la nuit’

Por Eliseo Izquierdo | Mi colega Andrés Chaves le ha dedicado en este diario a Paco Pimentel el segundo capítulo de sus recuerdos del tiempo en que trabajó en La Tarde; un extenso artículo sobre quien fue periodista y escritor de fuste, en el que Chaves lamenta, sin embargo, no haber hablado conmigo sobre las anécdotas de las que, en efecto, fui testigo en el tiempo en que Paco y yo hicimos periodismo, primero en El Día y luego en el vespertino tinerfeño. Parece olvidar Chaves que los años no pasan en balde y que la memoria de la mayoría de los humanos, también la de este escribidor nonagenario, se va diluyendo inexorablemente. Aunque siempre algo queda.

Con Paco Pimentel coincidía casi todas las noches en la redacción del matutino tinerfeño, mediados los años cincuenta del pasado siglo XX, luego de haber merodeado él por calles y callejas de un Santa Cruz que comenzaba a sacudirse el fardo de dos crueles guerras sucesivas, oliente todavía a fritangas y a tabaco barato, a maresía, con rumores de olas agonizando al pie de la farola del muelle, lejanos rasgueos de timples y ladridos de perro, largos silencios en la oscuridad, quebrados a ratos por las bocinas de los navíos que arribaban o levaban anclas, o por el griterío que se escapaba de los sórdidos tugurios casi aledaños al puerto que se resistían a desaparecer; la pequeña concha de mar recostada junto al océano, que cantó mi tío el poeta Francisco Izquierdo en versos bien labrados y Paco rememoraba con frecuencia; yo, después de la diaria jornada de telegrafista en mi ciudad natal, por entonces triste y solitaria, como la amó y había cantado años atrás el poeta catedrático Antonio Zerolo Herrera.

Poseía Pimentel una singular capacidad de observación y memoria de elefante. El suyo era un mirarlo todo con peculiar mirada y desde un altozano que parecía hecho a su exclusiva medida, y un contarlo que fascinaba, el de quien era dueño de un caudal incontable de experiencias vitales y de saberes rumiados entre la soledad y el desamparo, y del “vicio” de lector empedernido. De aquella época conservo más de una de las anécdotas que un personaje como Paco generaba a menudo, pero que, en todo caso, son más para recordarlas en una conversación desenfadada en cualquier tasca lagunera, con un vaso de vino del país por medio, que para ser escritas. No obstante, para complacer a Andrés, rescato una, que no tiene nada de chusca o de ingeniosa, pero que creo que retrata bien a Pimentel y porque con el tiempo trascendería lo meramente anecdótico: Una noche de mayo de 1957 leía Ernesto Salcedo un trabajillo mío (el director de El Día lo revisaba todo con lupa, por si la censura…) cuando entró Paco en el despacho. Salcedo levantó los ojos, las gafas en la punta de la nariz, como solía, y con un gesto del mentón le preguntó qué pasaba o quería. Mascullando las palabras y el cigarro puro habitual en los labios, Paco acertó a decirle que pensaba escribir algo sobre la noche santacrucera, y le pedía conformidad. La respuesta de Salcedo fue lapidaria: “treinta renglones”. Y volvió a lo que estaba.

Cuando regresé a la redacción, Pimentel aporraba ya con sus dedos índice una de las cuatro maltratadas rémington de la sala. Escribía de corrido. En un momento dado se detuvo, sin dejar de mordisquear el puro sempiterno, y contó: Una, dos, tres… hasta veintitantas líneas. Le faltaban sólo un par para las treinta. Las añadió con pareja rapidez. Punto final y firma. Así nació el espacio semanal Santa Cruz, la nuit, una de las más afortunadas y originales visiones de la capital tinerfeña, constelada de imágenes que sorprenden, con una prosa barroquizante, jugosa, a ratos incisiva o mordaz, siempre diáfana y precisa.

Lo que trasciende lo meramente anecdótico de la feliz consecución literaria que terminó siendo Santa Cruz, la nuit es que Pimentel, al someter con rigor absoluto los textos sucesivos a los límites estrictos que asumió como imposición, acertó a elaborar con un nada fácil equilibrio formal y estilístico, como eslabones de pareja configuración y similares características, las ciento doce crónicas sobre la noche santacrucera que aparecieron en El Día entre el 25 de mayo de 1957 y el 2 de octubre de 1958. Santa Cruz, la nuit es un hermoso mosaico en el que se narra la historia de una ciudad a esa hora en que “no se oye otro lenguaje que el que habla la noche, tan puro de callado”, aparentemente adormilada en su propia quietud pero despierta y bullente entre la oscuridad y los olvidos, algo así como una sinfonía en numerosos movimientos cortos, que sorprende por su cohesión, unidad y rara belleza. Así lo vio Carlos Pinto Grote y lo subrayó en el prólogo del libro del mismo título con la recopilación que hizo la profesora Amparo Santos Perdomo y publicó el Ayuntamiento santacrucero en 1984. Las páginas de Santa Cruz, la nuit –afirma el poeta– no son una mera “colección de artículos circunstanciales” sino un relato “con protagonista e historia, en el cual la tragedia en tono menor se construye, crece y termina”.

Pimentel comenzó haciendo periodismo radiofónico en Radio Juventud de Canarias, que emitía como estación-escuela desde finales de 1955. Julio Yanes, en Las ondas juveniles del franquismo, asegura que entró en la emisora por “méritos profesionales”; no fue por adscripción al sistema político imperante, como otros. Allí se baqueteó en la crónica de actualidad, que construía diariamente entre lo noticioso del acontecer local y lo literario, con sometimiento a las exigencias de brevedad de la radio. Se adueñó pronto de sus secretos y la dominó como género periodístico a lo Foxá. En ella confluían ingenio, humor fino e inteligente, desparpajo, imaginación y bonhomía. También, sabia concisión. Como más tarde en Santa Cruz, la nuit, su único libro.

Su vivir fue un ir abandonándolo todo quedamente, sin alharacas, traumas ni estridencias: los estudios universitarios, la policía local, las redacciones de El Día y La Tarde, los Bocadillos semanales en Aire Libre, la poesía (en Gánigo de Pedro Pinto de la Rosa), el diario La rueda del tiempo y el semanal A la lima y al limón del vespertino tinerfeño, el grupo Fetasa de Isaac de Vega, Rafael Arozarena, Antonio Bermejo y José Antonio Padrón, en el que no obstante permaneció “en la retaguardia”, como dijo Rafa en cierta ocasión; también la faceta de narrador, que comenzó con la novela Memorial de Eriko, de la que dio a conocer un par de fragmentos en La Tarde (9 de septiembre y 4 de octubre de 1956), pero un día, en una de sus crisis, arrojó a la basura, aunque él aseguraba que fue en un momento de suprema lucidez.
La “invalidez espiritual”, a la que en más de una ocasión hacía alusión, pesó en su ánimo y en su talante humano y justifica quizás, más que cualquier otro motivo, su indeciso ser, estar y pasar por la vida. Cuando La Tarde cerró para siempre a comienzos de los ochenta del siglo pasado, Paco Pimentel abandonó la escritura y se declaró “muerto para la pluma”. En mis libros Periodistas canarios (siglos XVIII al XX) [2005] y Encubrimientos de la identidad en Canarias [2019] me ocupé de su trayectoria humana, profesional y literaria.

Cuando las crónicas de Santa Cruz, la nuit fueron editadas como libro, ya fuera del tráfago del periodismo del nuevo tiempo político y social los dos, me envió un ejemplar con esta escueta dedicatoria: “A Eliseo Izquierdo, amigo de siempre, afectuosamente”. Con sus mismas palabras y con parejo afecto le correspondí y vuelvo a hacerlo ahora para rematar este artículo.

TE PUEDE INTERESAR