Reconozco que ayer no leí los periódicos. Como tampoco veo, hace años, los telediarios, pues me la reflanflinfló el Gordo de Navidad. Yo creo que la lotería no le toca a nadie. He contado que cuando murió mi padre le encontramos un armario lleno de décimos, porque yo creo que él creía que su mala suerte iba a cambiar un día con una resurrección masiva –premiada, claro– de billetes inútiles. No es de extrañar: mi padre era un compulsivo de los sorteos de la ONCE y de los de la lotería nacional. Una vez le tocó el cupón y su importe se lo gastó en un día: creo que fueron 90.000 pesetas. Ya he contado alguna vez que le pagaba la lotería a Domingo, el lotero de Icod que venía al Puerto todos los días con su maletita de madera, con letras de cambio. Le firmaba la letra y Domingo la negociaba con su banco. Lo bueno es que, por lo visto, mi padre fue pionero en España en pagar los décimos a plazos. Y lo malo, que no se le ocurrió patentar el sistema. Habría aparecido, incluso, en los telediarios. En esa época yo sí veía los telediarios, porque cuando la bendita Transición parecían libres y no estaban prostituidos, como hoy, por unos y por otros. No hay nada peor que un periodista subsidiado. En fin, volviendo al sorteo, me fastidia bastante que de los diez décimos que jugué no me haya tocado la pedrea en ninguno de ellos; el año pasado ocurrió igual. Ya saben que pertenezco a una peña que lleva jugando 37 años al sorteo de Navidad y no ha logrado ni siquiera un puto reintegro. No voy a dar más detalles porque no quiero que mi amigo Manolo Gutiérrez se enfade conmigo. Es quien nos suministra los décimos. Ay.
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