Juro por mi santa madre que por esa puerta no ha entrado ni una pata de jamón. Nada. Pienso que la influencia de cada cual en la sociedad se mide por la cantidad y calidad de patas de jamón que recibe en estas llamadas entrañables fechas. No valgo un carajo. Y antañazo tenía que darle una bolsita con monedas a la fámula para que regalara propinas a los portadores del jamón, el mazapán, las cestas bien dotadas, los bolígrafos bañados en oro de los bancos y no digamos las agendas de lujo. Ahora, la única que recibo es la de Cajasiete; y agradecido. Por ese zaguán hace siglos que no penetra el olorcillo agradable de un jamón, siquiera Montesano, goteando agradablemente el piso, al que después había que pasarle una bayeta. Era tal la cantidad de patas recibidas que la bayeta la dejábamos detrás de la puerta de la calle, para no andar subiendo y bajando el cubo. Cómo cambian los tiempos y cómo pasa uno de la opulencia y el reconocimiento al olvido y al abandono. Todo esto cambia de cuando uno está en primera línea del fuego informativo o en la más provecta senectud. No entra ni un puto jamón, ni una caja de whisky etiqueta negra, no entra nada, cuando antañazo era la costumbre y uno se alegraba de la Navidad más que nada porque el prójimo agradecido por lo que decías -o por lo que no decías- le llenaba la despensa. ¿No se acuerdan, acaso, cuando la gente obsequiaba al cartero -que hoy sólo trae malas noticias- o al municipal gendarme, poniéndole de todo ante el atril al que se subía para complicar el tráfico? En Navidad no era costumbre multar y ahora yo veo a la puta grúa más que nunca, de aquí para allá, cargando coches de alquiler sin conductor. Ay.
