El día 23 próximo se cumple medio siglo desde que don Víctor Zurita, uno de los grandes del periodismo canario, nos dejó. Recuerdo que me escapé del cuartel de Hoya Fría para darle mi último adiós, en el edificio de La Tarde, donde fue velado por centenares de patriotas tinerfeños. Don Víctor dominaba la prosa lírica, pero afilaba su lanza caballerosa cuando era menester y cuando los intereses de su ciudad y de su isla estaban en juego. Fue un verdadero maestro, pero además una gran persona y un periodista excepcional, que hizo de La Tarde un diario vespertino que sus lectores de todos los pueblos de la isla esperaban en las paradas de guaguas. En cierta ocasión se “pelearon” él y María Rosa Alonso, con cuyo afecto siempre fui distinguido. En una comida de periodistas, creo que celebrada en el restaurante del viejo Aero Club, don Víctor hizo uso de la palabra, comenzó dirigiéndose a las señoras y a los señores presentes y, volviendo su limpia mirada hacia María Rosa, le dijo: “Mi dulce enemiga…”. Ahí terminó el conflicto entre ambos. Su despacho era una oficina de menesterosos que le menguaban el sueldo y su sentido del periodismo era valiente y pulcro. Perdió la vista corrigiendo pruebas y formó una familia numerosa y honesta, con el denominador común del amor a la patria chica. Mi primer carné de periodista me lo firmó él, y lo conservo, y su recuerdo ha guiado muchas veces mis pasos, no digamos su ejemplo. Era una figura indiscutible, respetada; su opinión humilde, firme y sincera fue enormemente valorada por una sociedad que encontraba sus afanes en el periódico que dirigió. Ver una fotografía de Baeza y leer un pie de foto de don Víctor era una belleza. Le echo mucho de menos.
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