Lo peor de las fiestas prolongadas es que, cuando terminan, a uno se le queda el cuerpo roto, el estómago hecho polvo y las ganas de currar se han ido por el sumidero. Ahora, hoy martes, es cuando empieza realmente el año, después de este lunes que pasó, frío y con resaca. Me acosté a dormir la siesta y tuve un sueño misterioso: acabé recogiendo del suelo los restos de un bote de Nescafé derramado y los de una corona de esas de Navidad que se cuelgan en las puertas y que son muy incómodas porque se te caen del clavo cada vez que abres y cierras para entrar o salir de tu casa. El sueño, como ven, es muy difícil de interpretar porque también aparecía una rata rubia, muy graciosa y bien peinada, como de peluquería, que no repelía nada, ni siquiera a mí que le tengo terror a estos roedores. Con esos ingredientes me da para escribir un cuento, pero el tedio prolongado de la Navidad no me deja y además nadie me ha pedido un cuento, ni tengo noticia de concurso de cuentos alguno. Nunca, sino una vez, me he presentado a un concurso literario. Lo gané, pero el texto no era mío sino que me lo regaló un cura salesiano llamado don Carlos Saravia; un buen tipo. Era primo de Cabello de Alba, el ministro de Franco y escribía muy bien. Me dieron mil pesetas y lo convocaba la emisora dirigida por otro cura, don José Siverio, llamada La Voz del Valle. Una emisora sindical de La Orotava que creó escuela y que entretenía a una multitud. En aquellos tiempos, los curas eran mucho más cultos que los de ahora -y hablo en general, porque se conocen excepciones-. Bueno, total, que tuve un sueño cuanto menos perturbador.
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