Esta mañana amanecí con unas ganas terribles de no escribir. No quería sino taparme con el edredón ligero de este invierno y dedicarme a soñar. Pero vino el cartero con una puta carta de Hacienda, que no era nada sino que se me ocurrió pedir una clave para acceder a documentos, que no sé instalar en el móvil porque no es un sistema para viejos. Rompí la puta carta tras leer su hoja de instrucciones imposibles. Cuando uno rompe una carta de la Agencia Tributaria se queda aliviado. No digamos cuando la usa para otro menester, algo bastante incómodo porque el papel trae un gramaje inadecuado para el esfínter. Yo me suelo leer todo lo de Hacienda en los periódicos, porque me da morbo, como por ejemplo que el Constitucional haya tumbado el impuesto del peor ministro imaginable, Montoro, a las grandes empresas. A Montoro le gustaba mucho recaudar y le gustaba más bien poco pagar lo suyo, según leo en los periódicos, que yo no tengo acceso a las cosas de su controvertido despacho. El trío Rajoy-Montoro-Soraya fue terrible para España, mucho peor que los tríos de ahora, que son más bien camas redondas mixtas. A mí nunca me han gustado las cosas que se salen de lo tradicional, en eso soy pacato, aunque me sitúe lejos de la pacatería en general en mis normas de comportamiento. Cuando no tengo ganas de escribir, como ahora, acudo a contar lo que ocurre por la mañana y hoy no ha pasado nada, así que no les voy a entretener demasiado, sino con lo ya relatado más arriba. He reservado mesa para el sábado, unos huevos benedictinos con salmón, en la Placita, preparados por Cristina, que los cocina con una receta mágica que le tengo que pasar a Tito, de Los Limoneros, para que la remede.
NOTICIAS RELACIONADAS
