Cada vez que se pierde un trofeo, se lo dan a Messi. Incluso el de mejor jugador de dos Mundiales, sin haber tocado casi la pelota. Es tal la inclinación de dar trofeos a Messi que Bermúdez lo va a nombrar Reina de las Fiestas de Mayo, y el alcalde de La Laguna, que no me acuerdo de cómo se llama, Romera Mayor de San Benito. Messi no es sólo multimillonario, gracias a la ruina del hoy pobre FC Barcelona, sino que ni siquiera acudió, seguramente avergonzado por tanta copa injusta, a recoger el The Best, trofeo de la FIFA al mejor futbolista del mundo durante el último año; digo yo que se lo mandarán por correo certificado. El fútbol ha caído en una peligrosa estrategia de despacho y se premia a un futbolista que juega ¡en USA!, donde no saben si el balón es redondo o picudo, como el que se ha usado allí toda la vida, o la bola chiquita del béisbol. Los organismos oficiales del fútbol, en especial la UEFA y la FIFA, certifican su autodestrucción, y los méritos en el campo parecen secundarios: ahora se premia mayormente al futbolista que no juega, en vez de al que sí juega. Y entonces, uefos y fifos toman el mismo camino que el mundo: caminan al revés. La gala de entrega de los premios FIFA se convirtió en un desierto de ausencias, porque la gente está harta de que el soccer sea injusto consigo mismo. La sala estaba poblada de ejecutivos millonarios; jugadores, muy poquitos. Me parece que estamos ante la imperiosa necesidad de renovar estructuras dentro de unas organizaciones ancladas en el tiempo y a veces corruptas. Ya está bien de engañar a la gente y de premiar a quien no juega a nada y de celebrar campeonatos mundiales donde no existen los derechos humanos. Por pasta.
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