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Mi amistad con Florentino Pérez

El lunes pasado, apresado por el ocio del primer día de la semana, me dormí profundamente al mediodía. Mi nevera estaba vacía, sólo un pan de molde en la gaveta de la despensa, dos lascas de queso gouda y otras dos de jamón serrano, más un resto de mantequilla irlandesa. Me hice un sándwich/plancha, me lo comí y caí como un saco. Por esos extraños caprichos de los sueños, resulta que me hice amigo de Florentino Pérez, que me mostró las obras del estadio Santiago Bernabéu. Lo hizo con tal lujo de detalles y mi efímera relación de amistad fue tan cabal que aparecieron en el sueño vivencias increíbles: cómo sabía mi nombre, cómo me presentó a una amiga muy joven, cómo me confesó algunos secretos de fichajes de nuestro amado equipo, tantas cosas. El disparate del sueño llegó al punto de que mi chófer y guardaespaldas era un oficial de la Benemérita, que se perdió en el museo del estadio, circunstancia no demasiado descabellada porque en su día yo contraté como miembro de mi seguridad a un suboficial del prestigioso cuerpo armado; eso sí, en situación de reserva. Lo cierto es que, cuando desperté, porque Mini me rascaba la barriga para que le echara de comer, yo seguía hablando fluidamente con Florentino, esta vez de su constructora y de las obras que realizaba en Canarias, una insignificancia si las comparamos con las que va a llevar a cabo en Australia, o por ahí, y en los Estados Unidos. Por un momento me convertí en confidente del presidente del Real Madrid, que tiene mi edad y a quien admiro sinceramente. Lo raro es que, ya despierto, seguía hablando con él, con lo que el diálogo y su entorno se convirtieron en un cuento del cuento. No me podía evadir del sueño, por otra parte muy agradable e instructivo.

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