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Que no me duela la pierna

Cuando al oftalmólogo don Juan Vidal lo invitaban a un acto cualquiera, siendo ya mayor, el ilustre galeno respondía al obsequioso amigo lo siguiente: “No voy; se lo agradezco a usted, pero yo lo que quiero es que no me duela la pierna”. A mí me pasa lo mismo; pierna excluida, no voy a ningún lado y, sobre todo, jamás acudo a los sepelios. Sólo iré al mío, pero no me voy a enterar de nada, ni tampoco veré a nadie, por lo que recomiendo que ustedes hagan lo mismo. Los actos sociales me revientan aunque me siento cómodo con algunos amigos –pocos— que tengan algo que decir. Es decir, que excluyo a la generalidad de los compañeros de colegio, muchos de los cuales no me aportan absolutamente nada; unos pocos sí. Uno está harto de acudir a determinados sitios y, sobre todo, reniego de las reuniones de antiguos alumnos porque en ellas se observa claramente el envejecimiento del público en general y las caras de abuelos cebolletas de la mayoría, yo incluido, claro, aunque en mi caso sin nietos. O sea, que no se molesten en llamarme y, además, yo siempre he sido el antipático de la reunión, así que tampoco recibo muchas invitaciones. Ahora, con la inteligencia artificial, puedes mirar la cara que vas a tener cuando te caduque por última vez el carné de conducir, porque el de identidad ya me lo han expedido para siempre. Como al fallecido doctor Vidal, lo que deseo es que no me duela la pierna, ni nada, y que me dejen en paz con invitaciones multitudinarias en las que no se dicen más que tonterías. Tengo un primo que no va a ninguna parte si hay más de cuatro personas en la reunión. Si acude una quinta se vuelve a su casa. A eso le llamo yo personalidad.