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Una sociedad repugnante

Muchas veces pienso que debería renunciar públicamente a ser canario, porque me doy cuenta, y cada día más, que vivo en una sociedad repugnante. Una sociedad que reniega de la presunción de inocencia y que se dedica, sin tino, a ahorcar a quien ve débil, aunque confunda esa debilidad, porque puede que no sea tal. En muchas ocasiones la sociedad canaria -y específicamente la tinerfeña- destruye vidas con la misma facilidad que el Ku-Klux-Klan quemaba las casas de los negros, y a los propios negros, en el siglo XIX y principios del XX. No hemos evolucionado y cuando el mundo se muere, tiroteado y víctima de sí mismo, nosotros, en vez de mandarnos un plato de pulpos en buena compañía, nos dedicamos a destruir sin piedad a quien está en manos de la justicia, sin tener en cuenta que es la justicia quien debe dirimir la culpabilidad o no del sujeto. Esta sociedad repugnante ha renunciado a todos sus valores para ponerse en manos de la envidia y de la insidia, que son dos degradaciones de gran actualidad. Es difícil encontrar personas decentes porque mucha gente se ha apuntado al bando de lo fácil: de las descalificaciones, de la maledicencia y de la deshonestidad. Existe, ahora en el ámbito del territorio nacional, una hoguera de odio, de descalificación y de rencor como jamás se había vivido; ni en las épocas de mayor tensión, desde la Inquisición hasta nuestros días. Y pululan por ahí inquisidores de andar por casa, con muy mala baba, que no reparan en gastos a la hora de mandar al patíbulo a gente que tendrá defectos, pero no más que los que atesoran los acusadores implacables. Verdugos de vocación que han visto un terreno abonado para aplicar a su víctima el garrote vil. De los llamados comunicadores no hablo, porque no tienen conciencia, ni valores, ni nada. En general.