la carta

Los hachazos de Koldo

En junio de 2018, nada más ser nombrado ministro de Fomento, quedé a almorzar con José Luis Ábalos en el restaurante Señorío de Alcocer. Al llegar a la pequeña zona ajardinada ante su fachada, se me acercó un hombre imponente de esos que te hacen dar un paso atrás.
—Buenos días, soy Koldo García, asesor del ministro. Me ha encargado que le avise de que se retrasará unos minutos.
Caray, ahora a los guardaespaldas les llaman asesores, pensé, mientras Koldo ejercía de avanzadilla de manera afable y servicial.
Cuando, a lo largo de los tres años y pico que Ábalos siguió en el Gobierno acudí periódicamente a conversar con él, Koldo siempre o casi siempre estaba por allí, trajinando entre el despacho y el antedespacho del ministro. Era imposible que pasara desapercibido.
La primera señal de alarma saltó cuando Ábalos le colocó en el consejo de administración de una filial de Renfe. La segunda cuando se supo que le había acompañado durante su intempestivo encuentro en Barajas con la vicepresidenta de Venezuela Delcy Rodríguez.
Asesor, guardaespaldas, consejero, asistente personal, valet de chambre, chofer de emergencia, pagafantas en metálico… Koldo era todo en uno. La sombra inseparable de Ábalos. Lo que Churchill, refiriéndose al agente que le acompañaba día y noche cuando viajaba, denominaba “my man”.
Koldo era ‘el hombre’ del hombre más poderoso de aquel Gobierno después del presidente. ‘El hombre’ del hombre más poderoso de aquel PSOE después del secretario general. Koldo era para Ábalos lo que Ábalos era para Sánchez, cuando controlaba a la vez el gran ministerio inversor y la Secretaría de Organización, la más importante de Ferraz.
No me sorprendió que Koldo tuviera un pasado turbio con antecedentes penales como portero de discoteca. Llamaba, eso sí, la atención que su reinserción social a través del PSOE le hubiera llevado tan alto. Deduje que debía contar con otras simpatías y afinidades para que Ábalos hubiera podido promocionarlo de forma tan exótica.
Ahora que hemos conocido el flechazo que sintió Sánchez cuando se lo presentaron en Navarra en 2014 y lo describió como “gigante de la militancia, referente político… y último aizkolari socialista”; ahora que hemos recordado su entusiasta implicación como activista, conductor y hasta custodio nocturno de los avales en aquella campaña de la reconquista del poder en las primarias de 2017; ahora que hemos averiguado detalles y más detalles de su relación con Santos Cerdán, empieza a encajar todo.
Se ha comparado a Koldo con Juan Guerra y con Roldán, con Correa y “El Bigotes”. Ha resultado ser una especie de compendio de todos ellos. Para la cúpula sanchista, Koldo era un “insider”, “uno de los nuestros”. Un gigantón que se volvía transparente cuando en el ministerio y en Ferraz asistía a reuniones, presenciaba conversaciones, sin haber sido invitado.
Comprendo el estupor de quienes ahora han descubierto que el itinerario de Koldo seguía los pasos de todos los de su estirpe: por la militancia hacia la mangancia. Con dos agravantes. El uno de índole moral: fue a costa del drama de la COVID. El otro de carácter gravemente político: lo hizo con fondos de la UE.
El miércoles por la mañana el presidente Sánchez intervino en la sesión de control antes de viajar a Marruecos para mantener su anhelado encuentro pendiente con Mohamed VI. Aunque auguró una legislatura larga —”tengo todo el tiempo del mundo para tramitar cosas”—, quienes le miraron de cerca lo vieron especialmente compungido y tenso.
Todos lo atribuyeron al desencanto que había supuesto despertarse del chute de propofol, tan intenso como efímero, que le había suministrado Tezanos, al hacerle creer que el PP podía perder la mayoría absoluta en Galicia. Y unos pocos incorporaron también el cabreo que le había producido la víspera el apoyo de Junts a la nueva proposición de independencia unilateral presentada en el Parlament.
No es que los de Puigdemont dijeran que lo volverían a hacer, sino que ya habían vuelto a las andadas, ridiculizando así toda la prosopopeya de la Ley de Amnistía. Era un órdago encubierto —’a ver si te atreves a romper con nosotros’— y él no había podido ni siquiera encararlo.
Pero había una tercera procesión que iba por dentro. Sánchez conocía desde la noche anterior la detención de Koldo y era plenamente consciente de que eso significaba la pérdida de su última gran ventaja competitiva —la de la “limpieza” y la “decencia”— contra el PP heredero de la Gürtel. De repente la partida se retrotraía a los tiempos de Filesa, Ibercorp y los fondos reservados de Interior con el PSOE a la defensiva y el PP al ataque.
Era lo que le faltaba al PSOE de la amnistía de las siete monedas y los pactos vergonzantes con Bildu, emboscados bajo la caricatura de la cruzada contra la fachosfera: un caso de corrupción de libro, con Rinconete encaramado sobre los hombros de Cortadillo para completar el tamaño y la desfachatez de Koldo.
Lo de menos era que se le estropeara la ‘photo-opportunity’ entre ‘máximos mandatarios’ con el Rey de Marruecos. Sánchez se dio cuenta desde el primer momento de que su gran problema político iba a ser la imposibilidad de encapsular a Koldo como un segundo Tito Berni ajeno a su núcleo duro y a su propia trayectoria.
Porque no sólo estaban las pruebas de que Koldo había sido un “camisa vieja” de la rebelión del ‘no es no’ que había gozado de su confianza y complacencia —asuntos del pasado, en definitiva—, sino que de repente adquiría sentido el sorprendente cese de Ábalos en julio del 21. Justo inmediatamente después de los meses en los que la trama de Koldo se había embolsado hasta 54 millones a costa del erario, o más bien de la UE.
“No puedo ni intuir la explicación de mi cese”, declaró Ábalos aquel octubre a EL ESPAÑOL. Sin embargo, Fernando Garea publicó el propio miércoles que “Moncloa advirtió a Ábalos sobre la actividad de Koldo” y el exministro sólo respondió con balbuceos y circunloquios cuando Risto Mejide le interpeló sobre ello.
¿Cuánto sabía Sánchez y desde cuándo lo sabía? Es verdad que las circunstancias de aquel primer año de pandemia no dejaban margen para muchos remilgos en la contratación de material sanitario y que el procedimiento de urgencia suponía un riesgo para quienes lo empleaban. De haberlo sabido, ni Ayuso habría adjudicado contratos a empresas con vínculos profesionales con su hermano, por muy legal que fuera todo a los ojos de la Justicia, ni Almeida se habría dejado estafar por unos tipos como Luis Medina y el tal Luceño.
La misma presunción de ignorancia debe proteger ahora en el plano penal a Francina Armengol, Ángel Víctor Torres, Marlaska y al propio Ábalos en tanto que partes contratantes. Con dos diferencias, claro. La primera es que esta era, según el juez, una “organización criminal” apoyada en el “cohecho” de un cargo público como Koldo. Y la segunda que la actividad de Koldo consistió en hacer múltiples gestiones, tipificadas como “tráfico de influencias” ante otros cargos públicos que en buena lógica debieron haber informado a sus superiores.
A expensas de bucear en el sumario, el auto del juez sólo incluye una referencia tangencial a Ábalos como el “exjefe” de Koldo que habría “pedido un favor” —al parecer de índole fiscal— en beneficio de la empresa que recibía los contratos y pagaba las mordidas. Ningún indicio le señala como receptor de dinero ilícito.
Sin embargo, su responsabilidad política ‘in eligiendo’ e ‘in vigilando’ es abrumadora. Si su sombra se le despistaba a hurtadillas para amañar contratos y poner el cazo, lo mínimo que debería hacer el exministro es pedir perdón a los ciudadanos por su pésimo criterio de selección y apartarse temporalmente de la política, renunciando al acta, mientras dure el procedimiento penal. Cuanto antes de él ese paso, menos humillante será tener que hacerlo bajo la presión de sus compañeros.
¿Qué margen le queda a Sánchez? Lo suyo no es el negacionismo ‘estilo Rajoy’. Si quiere salir al encuentro del problema, en lugar de dejar que se pudra o sirva de carnaza a una comisión de investigación, debería impulsar la depuración de las complicidades que manejó Koldo en el Gobierno y el partido. Y sobre todo introducir mayores elementos de control de los nombramientos de asesores y cargos de confianza de los ministros. Koldo nunca debería haber pasado el corte.
Pero si gestionar un brote de corrupción tan próximo como este es de lo más peliagudo que le puede suceder a un presidente, hacerlo mientras negocia una amnistía que rechaza el 77% del país con la pistola de Puigdemont en la sien se vuelve poco menos que misión imposible.
Si Sánchez quiere recuperar ese margen mínimo de confianza ciudadana que le permitiría responder de forma creíble al caso Koldo, debería en primer lugar deshacerse de esas ataduras. Cambiar las tornas y decirle a Puigdemont ‘o lo tomas o lo dejas’. Eso no convertiría la ley de amnistía en menos aberrante, pero le devolvería una parte de la dignidad política que está perdiendo a chorros.
Es cierto que, ante ese órdago inverso, lo más probable es que Puigdemont rompiera la baraja y dejara herida de muerte la legislatura. Pero si además de la obsesión por alargar agónicamente su permanencia en el poder, en la cabeza de Sánchez pesa algo el futuro del PSOE, los shocks encadenados de esta semana deberían hacerle reflexionar y cambiar de rumbo.
El garrafal error que ha supuesto su fórmula de investidura ya no tiene remedio y los desmanes de Koldo tampoco. Pero el engarce de ambos caballos desbocados —la corrupción política y la corrupción económica— en una loca huida hacia adelante puede llevar al PSOE al mismo cementerio de mamíferos en que yacen sus homólogos italiano y francés. Sus millares de militantes honrados, sus millones de votantes decentes no se merecen que su cumpla la premonición de Sánchez y Koldo se convierta, en efecto, en “el último aizkolari socialista”.

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