tribuna

El día de la creación

Hace unos días me encontraba con mi hermano en Punta del Hidalgo. Estaba nublado y el mar tenía un color plomizo y sin brillo. El mar es el reflejo de muchas cosas, por eso es tan cambiante. Luego las nubes se fueron desplazando, como siempre hacen, de norte a sur, y apareció el sol, y las paredes de las olas se fueron volviendo de color turquesa a medida que se acercaban a la orilla. Con ese tono las pintaba nuestro abuelo y le añadía al agua los tintes ocres y rojizos del fondo. Retrataba la presencia del aire, eso que se llama atmósfera y que es tan difícil de definir. La pintura tiene atmósfera cuando es capaz de expresar algo que no se ve, pero que se siente que está ahí. Hay una evaporación inconsistente en torno a los algodones del cielo, un halo de salitre en la espuma de las crestas que viaja con ellas como la cola de un cometa.

Si los pintores no son capaces de describirlo es que no son pintores, lo mismo que los escritores que están impedidos para narrarlo. Después están los críticos que aplican sus estereotipos clasificatorios, ignorando el proceso que siguen los autores para conseguir plasmar su visión de la realidad en sus obras. Están impedidos para meterse en él y comparan y divagan sin llegar a profundizar en la verdad llamando la atención sobre la anécdota, que se ha convertido en lo más importante del acto creativo. Por eso el Génesis lo reduce todo al plazo de seis días y a una generalidad como separar el orden del caos, el cielo de la tierra y esas cosas vulgares que se disfrazan de misterio sin conseguirlo. El turquesa que se formaba al pie de la onda era transparente y podíamos ver a su través. Igual que hacemos al traspasar los velos de las estatuas de mármol para ver las caras de las vírgenes.

Estábamos mirando a la costa agitada y yo pensaba que el arte es solo intención. Ni siquiera la disección de las cosas, porque esto no se consigue con acierto si no es con la presencia de alguna intencionalidad. Me acordé entonces del poeta José Antonio González Haba, que andaba desarmando carros para fabricar sus poemas. Unas ruedas, un mástil, la carga, etc.

Así hice mi canción “El bernegal”, aislando la piedra, el barro, la celosía, el culantrillo. José Antonio andaba de noche entre los parterres de la Diagonal de Barcelona y Margarit lo admiraba. Ayudó mucho en la publicación de uno de sus libros y fue uno de sus grandes rescatadores. ¿Por qué me estaba fijando en aquel turquesa y no en la sugerencia de los fondos profundos que me sugería el cobalto? Quizá porque el brillo es una cualidad subsidiaria de la luz. En realidad es la luz, y esa luz, aparentemente efímera es la imagen mas poderosa que tiene la vida para mostrarse. Ahí sí acertó el Génesis, definiendo al origen como el fiat. Hágase la luz y la luz se hizo.

Más tarde vino el logos, para que lo pudiéramos entender, en el principio estaba el verbo. La palabra sirvió para atestiguar a la luz, por eso, en esa tarde, cuando vimos descubrirse al sol y aparecer al turquesa en el lecho de las olas, empezamos a comprender que sin la intencionalidad de nuestra observación esta interpretación no hubiera sido posible. Después están los críticos para construir sus exégesis académicas, pero eso es otra cosa. Nosotros sabemos que la Creación no pertenece exclusivamente a un libro antiguo, que se reproduce cada vez que la luz ilumina a un objeto para que lo podamos ver de forma diferente. Es poco sabe este, pero es suficiente para explicarlo todo.

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