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Nacionalismo ucraniano

En muchas ocasiones, los nacionalistas se convierten en los peores enemigos de su propio pueblo, al que condenan a múltiples penalidades en nombre de un futuro imaginario. Sin entrar en la problemática catalana, muy cerca de nosotros tenemos el caso de los saharauis, a los que el Frente Polisario condena a malvivir en los campamentos de la caridad de Argelia, sometidos a algo muy parecido a una dictadura de partido único y sin ninguna posibilidad de alcanzar una vida digna y un horizonte de progreso y democracia. Muchas familias españolas, en su mayoría canarias, conocen la triste realidad de esos niños que acogen en verano y que solo huyendo de su mundo nacionalista tendrían esa posibilidad.

A veces, como ocurre en Ucrania, el nacionalismo arrastra a su pueblo a una guerra de liberación. Y en un primer momento, también como ocurre en Ucrania, esa guerra es una guerra justa y necesaria, compartida por una mayoría de la población y apoyada por la comunidad internacional. El grave problema se plantea cuando se hace evidente que esa guerra no tiene ninguna posibilidad de ser ganada, cuando, en interés de su pueblo, se impone una negociación, pero los nacionalistas no aceptan esa realidad, se refugian en su futuro imaginario y en su mundo de fantasía, y declaran traidor a todo aquel que no crea en lo increíble. Y, por desgracia, eso es lo que está ocurriendo en Ucrania con el presidente Zelenski.

El absoluto fracaso de la tan esperada ofensiva ucraniana del pasado verano ha puesto de manifiesto lo que ya se temía. Rusia es un enemigo muy poderoso, con una maquinaria militar que actúa desde su propio inmenso territorio, con una retaguardia que es una fuente inagotable de recursos y que, por si fuera poco, controla un territorio ucraniano habitado por una población de lengua y cultura rusas, que ya antes de la guerra se declaraba rusófila y, en algunas partes, sostenía una guerra de guerrillas contra de los ucranianos: la península de Crimea y el Donbás, con las provincias de Donetsk y Lugansk. Y desde que Rusia dejó de confiar en ejércitos privados de lealtad dudosa, los eliminó y empeñó en todos los frentes a sus tropas regulares ha pasado lo que tenía que pasar.

Ucrania dispone de un ejército no profesional, un ejército improvisado que depende de los suministros de armas y municiones de Estados Unidos y los países de la OTAN, suministros limitados porque muchos países europeos tienen también una capacidad limitada de producción militar y, en algunos casos, no suministran según qué tipo de armas. Los soldados ucranianos, además, tienen que ser instruidos en el manejo de muchas armas. En cuanto a Estados Unidos, un triunfo de Trump en noviembre implicaría algo muy parecido a un embargo de toda ayuda militar. Todo eso ha llevado a una crisis en el seno de las fuerzas armadas ucranianas, a cuyo comandante en jefe ha destituido Zelenski.

Las tropas rusas controlan la península de Crimea y el Donbás, y están avanzando sobre territorio ucraniano. Y Rusia no va a devolver ningún territorio que haya conquistado; ya ocurrió en 2014 con Crimea. El tiempo para negociar se agota y Zelenski no lo ha entendido. De nuevo, el problema son los nacionalistas, y quien sufre las consecuencias es el pueblo que una vez confió en ellos.

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