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Cómo cambian las ciudades

Ni Nueva York es ya Nueva York, ni Londres es Londres. Sin embargo, ciudades como Roma siguen siendo Roma y los precios no se han disparatado, como en las otras dos capitales. Uno de cada 24 neoyorquinos es millonario, así que los precios de Nueva York se han disparado hasta el punto de convertir la ciudad en prohibitiva. Y yo recuerdo cuando iba a comprar la ropa –que todavía me pongo, tras 24 años sin visitar la ciudad- en los malls de New Jersey. Baratísima, la mitad que en Madrid. Y me alojaba en el Plaza, la última vez en el año 2000. Mientras nuestros precios se han estabilizado, aquellos se han disparado. Con Londres pasa igual. Yo hasta podía comprar en Harrods y alojarme en el pequeño y lujoso hotel Cadogan de Sloane St. (hoy, casi 1.000 euros la noche), donde Oscar Wilde compartía juergas con el príncipe Eduardo –luego Eduardo VII-, hijo de la reina Victoria, y con la corista Lilly Langtry, que causó furor en Europa y en el lejano oeste americano. Bueno, total que las ciudades están cambiando, yo creo que a peor, porque vive más gente en ellas, el tráfico se ha hecho insoportable y a nadie se le ocurre alquilar un coche para entrar a Nueva York o a Londres. Sin embargo, a Roma puedes entrar y salir cuando quieras y dejarlo donde te dé la gana, aunque luego llegues y no te lo encuentres porque se lo ha llevado la grúa. Pero los trámites para recuperarlo son fáciles: todo se arregla con 150 euros. A mí ya me resultan incómodas las grandes ciudades, quizá porque me he acostumbrado a la vida de jubileta. Por cierto que habrá que brindar con el vino Linaje del Pago, de la bodega de Paco Gómez, que ha recibido varios premios en el concurso de Agrocanarias. No es la primera vez.

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