Como es bien conocida, la presencia canaria en América, en general, y en Cuba, en particular, se inicia con los primeros viajes de Colón al Nuevo Mundo, manteniéndose sin solución de continuidad hasta el inicio de la segunda mitad del siglo XX.
Acercándonos en el tiempo, a medidos del XIX, cuando aún era una provincia española de ultramar, la emigración canaria a Cuba era muy superior a la del resto del Estado. Los datos históricos arrojan cifras incontestables: el 58% de los recién llegados a la Perla de las Antillas en aquellos tiempos eran españoles peninsulares y, el 42% restante, españoles canarios. Estas cifras se mantuvieron incluso tras la independencia cubana, bien es cierto que, en esos años, pasó a ser -ahora sí- una colonia administrada y ocupada militarmente por los EE.UU. (1899-1902).
En el plano político, resultan más familiares nombres como José Martí Pérez (1853-1895), líder de la independencia cubana e hijo de chicharrera, o el propio Fidel Castro (1926-2016), quien recordó, en la visita que hizo a Tenerife en junio de 1996 que, por vía materna, también tenía ascendencia tinerfeña.
Personajes tan relevantes y que han ocupado tantas páginas como los dos mencionados parecen opacar al resto. Como si la historia de la Isla Juana comenzase y terminase en ambas biografías. Pero nada que ver.
Hijo de santacruceros, uno de los presidentes más relevantes y controvertidos de la historia cubana fue el general Gerardo Machado Morales (1871-1939), quinto presidente de la república y cuyo mandato dio lugar, en la historiografía cubana, al denominado Machadato (1925-1933).
Entre sus luces, figuran la edificación del Capitolio de La Habana, icónica sede parlamentaria que forma parte de la mayoría de las postales del país. O la inmensa Carretera Central de Cuba, concluida en tiempo récord (1927-1931), que aún hoy sigue siendo la principal arteria rodada de la Isla y que, como anécdota, destaca por haber sido construida sin que fuera necesario expropiar ni un solo metro cuadrado, ya que se limitó a unir los caminos y las calles reales que cruzaban las principales ciudades cubanas desde que la Corona Española los mandase a trazar.
Elegido inicialmente de manera democrática y por abrumadora mayoría, terminó convertido en un típico dictador bananero, destacando sus atributos como ambicioso hombre de negocios ausente de escrúpulos. Con una abultada crónica negra a sus espaldas, sus últimos años de mandato terminaron con un ambiente de anarquía generalizada en el país, huelgas fuertemente reprimidas y, como epíteto, la pérdida de apoyos en el ejército cubano. Absolutamente alineado con los intereses estadounidenses, acabó sus días disfrutando de sus prebendas en Miami Beach. Poco tiempo después, otro funesto tirano, también con sangre canaria, llamado Fulgencio Batista, encabezaba un golpe de estado y se hacía con el poder.
En el ámbito de la literatura en lengua española, los dictadores sudamericanos han servido de inconmensurable fuente de inspiración para las mejores plumas en lengua castellana. La denominada “novela de dictador”, un subgénero narrativo propiamente hispanoamericano, tuvo al autoritario General Machado por numen en la idealizada y perfecta autocracia tropical que plasmó en su imperecedera obra El recurso del método (1974) el escritor cubano Alejo Carpentier (1904-1980). Es uno de esos libros importantes en la historia de la literatura que todo lector debería leer.
*Belarmino Peña Díaz, abogado e historiador
