tribuna

No todo va a ser votar

Aunque estamos acostumbrados a ver que, en periodo electoral, los políticos no hacen ni dicen nada que les pueda comprometer y se olvidan de lo que no sea pelear por los votos, la concentración de media docena de procesos electorales en menos de un año es una pasada que ha complicado la marcha del país, dificultando el diálogo social y afectando a la fluidez de las relaciones con Bruselas. Desde la campaña de las elecciones autonómicas y locales de mayo de 2023, la política se ha reducido prácticamente a una guerra sin cuartel en la que los partidos se han atacado con furia en un ambiente alarmantemente tóxico.

En esta XV Legislatura, que arrancó después de las elecciones de julio de 2023, el Parlamento camina al trantrán, de campaña en campaña, con parada en las comisiones, supuestamente de investigación, en el Congreso y el Senado para criminalizar al adversario. Todo ello en detrimento de la atención de los asuntos que interesan a los ciudadanos, como la falta de médicos y de viviendas, el festín de dividendos a costa de los salarios, la necesaria reordenación del turismo, el deterioro de la red de autovías, la subida generalizada de precios, el desempleo juvenil, la gestión del agua, de los ferrocarriles, la revisión razonable de la EVAU, la situación del campo, el excesivo gasto de las administraciones públicas… Los políticos siguen de aquí para allá dando mítines. Y la casa sin barrer.

Es una verdad de Perogrullo que, sin elecciones, no hay democracia, pero solo con elecciones tampoco, ni país que lo aguante. Parafraseando el título de una canción de mi desaparecido amigo Javier Krahe, diría que no todo va a ser votar. En política, como en la vida en general, debe haber un tiempo para cada cosa, como nos enseña el Eclesiastés. Acabamos de dejar atrás el histórico triunfo de Salvador Illa en Cataluña, con muchas incógnitas abiertas sobre la formación de gobierno y la repercusión en la política general de España, y, sin solución de continuidad, los partidos siguen en modo campaña, lanzados a la batalla del próximo día 9 de junio para elegir diputados al Parlamento europeo. El resultado será, finalmente, la foto fidedigna de las preferencias políticas del conjunto de los españoles y marcará la suerte de esta rara legislatura.

El ambiente no es el más propicio para pensar en cambios, pero lo ocurrido durante este año in albis aconsejaría fijar algún criterio para que, durante las campañas electorales encadenadas, se pudiese mantener una actividad política mínimamente aceptable y minorar los efectos del fragor de las campañas con una legislación que permita amontonar convocatorias electorales. La legislación electoral solo obliga a media docena de comunidades autónomas a celebrar elecciones el mismo día cada cuatro años (el cuarto domingo de mayo de cada cuatrienio). Las demás las pueden convocar según la conveniencia política de quien gobierna. Incluso las comunidades obligadas a celebrar elecciones cada cuatro años pueden convocar antes de llegar al fin del mandato, como lo hicieron Asturias en 2012 y Madrid en 2021.

En otra situación, no sería muy complicado alcanzar un compromiso para no parar el país, pero hoy cualquier acuerdo, por mínimo que sea, es como subir a pie al pico del Teide. El insólito paréntesis tomado por Pedro Sánchez para pensar, según dijo, si le compensaba seguir en el cargo ha enrarecido aún más la atmósfera. Y no saldremos del barullo mientras el PP no se avenga a renovar el Consejo del Poder Judicial y acepte que el Gobierno se ha formado de acuerdo con la ley, aunque no le gusten los socios elegidos por Pedro Sánchez, y el PSOE y sus compañeros de viaje del Frankenstein XXL dejen de levantar barreras y se olviden de la fachosfera y de otras venenosas gracietas que solo sirven para emponzoñar la convivencia.

La nube tóxica no levantará mientras los políticos continúen manipulando los hechos y las palabras, utilicen a los periodistas como peones en sus batallas y no corten de raíz la deleznable costumbre de insultar a quien no comparte sus opiniones. Ha dicho Núñez Feijóo que “la clase política es la peor de los últimos 45 años”. No se lo voy a discutir. Con seguridad, hemos tenido mejores cosechas, pero pienso que el problema principal de esta añada de políticos no es la aptitud o capacitación, sino su empeño en reverdecer un odio atávico que niega la legitimidad del adversario, algo que liquida el consenso constitucional.

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