Un sondeo de Sociométrica para El Español dice que el PP adelanta en 12,5 puntos al PSOE en las europeas, sacando el 39,4% de los votos. En las generales, obtendría 168 escaños. Ya sabemos que las encuestas no son fiables, sobre todo si no las hace el CIS, pero, de vez en cuando, es conveniente tener a la vista los contrastes entre unos resultados y otros para, al menos, sacar la media. Supongo que El Español debe ser de la fachosfera. Aquí comparte cabecera con el DIARIO DE AVISOS, que es donde escribo habitualmente junto con otros opinadores de todas las clases y colores. A pesar de ello, la prudencia me obliga a no creerme nada de lo que se publica después de que se ha esparcido la sospecha de que todos son fakes y la única verdad es la que se dicta desde el arbitraje de quien la guarda en su bolsillo como bien sacrosanto. Ayer leí en ABC que Edmundo González, un diplomático que es el candidato presidencial en Venezuela de los de María Corina Machado, triplica en votos a Nicolás Maduro. Ya me han dicho que si lo dice ese periódico no puede ser verdad. Yo también lo creo, porque, además, estoy seguro de que ese país no ofrece las garantías democráticas suficientes para que eso ocurra. Las encuestas son siempre vaticinios aventurados, sobre todo las que revelan las preferencias políticas de los ciudadanos, porque algunas fluctúan y descansan sobre aspectos emocionales donde la razón se mezcla con los sentimientos y las modas. Sería mejor situarse ante las promesas electorales y deducir de ahí cuáles serán mejor aceptadas por coincidir con el sentido común. Quien más se acerque a esa entelequia se llevará el gato al agua. Hay quien utiliza el eslogan del no pasarán tanto en Europa como en el territorio nacional y esto le aporta a la campaña un sentido numantino, de sacrificio bélico, que no todos están dispuestos a compartir. No va en positivo esta posición ni contiene ese sentido integrador que se reclama desde todos los ámbitos para sacar este mundo hacia delante. Al contrario, es resistente, heroico y solitario ante un panorama donde todo parece venir en contra. Tiene algo de anuncio catastrófico, aunque la catástrofe consista en la amenaza de salir del triunfalismo en el que vivimos. Recurrimos de nuevo a la pandemia, a la guerra y al volcán como si esas fueran singularidades exclusivas de nuestro país. Lo mismo hacemos con la lacra de la extrema derecha, como si no la sufrieran en el resto del Continente. Estamos igual que en los viejos tiempos, en el Spain is different, de Fraga, o en el “que inventen ellos”, de Unamuno. Hay gente que usa la bolsa como sistema de medida del optimismo de la sociedad. No sé si esto es significativo, pero la carta anunciando una posible dimisión provocó un alza superior a los 11.100 puntos en el Ibex 35. Seguro que no fue debido a eso, sino a los reflejos de lo que ocurría en Wall Street, pero lo cierto es que hoy está a 10.800. La bolsa, para muchos, es la demostración de que los grandes poderes económicos, concentrados en los de arriba, se alegran del fracaso de los de abajo. En ese sentido, vienen los próximos mensajes electorales. Sobre Cataluña, la suerte está echada. La única incertidumbre estriba en si Puigdemont se presenta en Barcelona el último día de campaña y, lo que es más importante, si sus siete votos seguirán teniendo el mismo valor después de los pactos electorales. A Illa le recordarán que, a pesar de los pesares, Madrid bien vale una misa.
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