tribuna

La aventura del tabaco

En una reciente visita al Centro de la Cultura Popular Canaria, adquirí un magnífico trabajo literario sobre la historia de nuestros ancestros en Cuba, llamado La aventura del tabaco, del cubano Mario Luis López Isla. Centrada en el cultivo del tabaco en una región de la Perla de las Antillas, en el libro se hace una extrapolación antropológica al conjunto de la emigración canaria a la Isla caribeña.
Existe en Cuba una provincia, llamada Sancti Spíritu, en la que hay poblaciones donde los descendientes de isleños oscilan entre el 80 y el 85% aún hoy. Una de esas ciudades es Cabaiguán, conocida con el cariñoso apelativo de Capital Canaria de Cuba.
Lo que empezó como un caserío en el siglo XVI vivió un auge masivo de canarios, que llegaron por miles a partir de la construcción de la línea del ferrocarril central, que unió La Habana con Santiago de Cuba desde 1902.
Según se recoge en el libro, que es en sí una vindicación etnográfica de la huella canaria en aquellas tierras, desde los albores de la colonización de la Isla los isleños canarios fueron los que mejor manejaron el cultivo masivo de la hoja del tabaco. Se menciona a un tal Demetrio Pela, canario de nacimiento, como precursor del cultivo de los hatos o fincas en los que se distribuían las vegas (así se denomina a los campos de tabaco). Este isleño habría aprendido el cultivo del tabaco, allá por el año 1541, de indios taínos, que le enseñaron a cultivar y procesar la planta.
A los desahuciados famélicos que llegaban de Canarias los recibían en Cuba todo tipo de enfermedades, como el vómito negro o fiebre amarilla. El que escapaba de esta primera criba natural, tenía ante sí una vida llena de penurias y trabajos de sol a sol, literalmente.
En unos apuntes de 1851, se dice que el Gobierno español de la época introdujo en la provincia de Sancti Spíritu a decenas de familias canarias como colonos tabacaleros, dándoles un tratamiento similar “al que se daba al negro o al asiático por aquellas tierras”.
Las formas de trabajo para los recién llegados podrían ser bajo la denominada “sitiería”, institución por la que quien trabajaba una vega, al que llamaban “partidario”, se quedaba con 1/3 o 1/4 de la cosecha. Otra forma de explotación era el arriendo de hatos por varios años. Amén de ello, siempre existieron los simples jornaleros, que trabajaban por la comida y el salario diarios.
El gentilicio “canario” pasó a usarse en aquellas tierras como sinónimo de agricultor del tabaco, con independencia de dónde fuera originario.
Las crónicas relataban cómo se distinguía claramente al canario por los graves problemas de espalda que sufrían, estando encorvados en la vejez por haber usado “la guataca de cabo corto”, apero imprescindible para el cultivo tabaquero. Hubo tantos jorobados, que se daba el caso de que tenían que quebrarles la columna vertebral para poder meterlos en el ataúd.
Las condiciones míseras de vivienda se evidenciaban con casas de techos de palma de guano, que construían reuniéndose varios isleños y trabajando de forma solidaria para ayudarse entre sí a construir sus moradas.
Hoy, marcas mundialmente conocidas, como Cohíba, Montecristo o Romeo y Julieta, son el vestigio que mantienen los actuales descendientes de sacrificados isleños que un día se subieron a un barco para no volver jamás a su tierra.
Es irónico pensar que, actualmente, el flujo migratorio ha tornado y son ahora los hijos de Cuba quienes vienen a Canarias huyendo de la peor miseria. Las vueltas de la vida.