Tengo una caracola en casa. La compré hace más de 20 años en una tienda del Puerto de la Cruz. No sé si se trata de una charonia lampa o si es una especie protegida. De vez en cuando, me la pongo en la oreja y escucho el mar. Realmente oigo el eco de mi propia sangre al fluir por el aparato auditivo. Aquí, a las caracolas se las llama bucios y se hacen sonar en las romerías como si fueran un ancestro de los guanches llamando al beñesmén. Le tengo que preguntar a Javier si esto es así.
Ahora, he leído una noticia de unos ecologistas gallegos que denuncian la venta ilegal de estas especies, vivas o muertas. Antes, se hacían collares con estas cosas y todavía creo haber visto alguno en un puesto de una feria de artesanía. Siempre parece más recomendable que hacerse un rosario con los dientes de la novia del emigrante. Las he visto tiradas por las playas a la espera de que venga a habitarlas un cangrejo ermitaño. Los cangrejos ermitaños siempre han desempeñado el papel de los okupas, por lo que ahora supongo que deben estar protegidos por la ley y, dada la escasez de viviendas, las caracolas también. Ignoro si los burgados gozan del mismo nivel de protección. Me imagino que no, a no ser que formen parte de un conchero con alto interés arqueológico. Félix Casanova de Ayala publicó un libro titulado El collar de caracoles, con lo que dejó sentado para la cultura canaria cuál era el destino de estos residuos habitacionales.
He visto algunos grabados antiguos en los que gentes del norte de África, de donde se dice que provenimos todos nosotros, lucen coronas de flores y collares con conchas del mar, en una fusión mágica de lo marino y lo terrestre. Según lo que he leído en El País, estas ventas ilegales se hacen con extranjeros, lo que indica que el expolio se asimila a ese movimiento actual que despliega la izquierda marginal contra el turismo y contra todo aquello que produzca algún beneficio económico, para llevarnos a la ruina: el estado ideal que nos obliga a desembocar en un proceso revolucionario.
He visto caracolas, conchas, bígaros y carcasas de cangrejos decorando la vitrinas de algunas casas. Gracias a eso, tenemos la oportunidad de contemplarlas antes de que la erosión del mar las convierta en la arena de las playas, que, aunque no lo parezca, está fundamentalmente compuesta de estos restos orgánicos. Tengo miedo de tener en mi casa a una de estas caracolas, de aprisionar el sonido del mar que no me pertenece. Por eso, he pensado que lo mejor será ponerme en contacto con alguien del Museo de Ciencias Naturales -le preguntaré a Checho- para hacer una donación y quitarme de encima el posible problema de estar incumpliendo las leyes.
De todas maneras, ya no me hace falta la caracola porque el mar lo tengo oído y bien oído, y mi charonia lampa se ha convertido en un objeto de decoración, algo inanimado que solo sirve para alimentar mi vanidad. Quizá esté equivocado y solo sea un fenómeno de lo que Umberto Eco llamaba fisión semántica: dar nueva vida y nuevas funciones a cosas que se quedaron obsoletas. Ahora que he confesado que tengo una, no me queda más remedio que deshacerme de ella, porque corro el riesgo de recibir una visita inoportuna y sufrir una requisa de algo que ya no me sirve para nada. Lo mismo haré con un trozo de obsidiana, negra y brillante, que me sirve de pisapapeles. Perdonen el rollo, pero estamos en agosto y no sé qué escribir y los periódicos no publican sino tonterías.
