tribuna

La bella y el bestia

El mundo sigue con atención la convención del Partido Demócrata de EEUU, inaugurada oficialmente ayer en Chicago, que el jueves designará oficialmente a la vicepresidenta, Kamala Harris, candidata a la presidencia de EEUU y conocerá su apuesta política por las clases medias. Aunque el candidato del Partido Republicano, Donald Trump, tiene amigos, fundamentalmente en regímenes autoritarios, y el apoyo de la red social X, en los países con democracias liberales se cruzan los dedos para que Harris y Tim Walz (candidato a vicepresidente) ganen las elecciones y eviten a la comunidad internacional, y también a su país, los sobresaltos de un nuevo mandato del expresidente.

La proclamación y aceptación de la candidatura es un acto meramente formal porque al día siguiente de la retirada de la carrera electoral del presidente Joe Biden, Harris ya tenía asegurado los apoyos necesarios para ser proclamada en la convención, pero la reunión de Chicago es importante y comparte por ello primeras páginas con la información de las negociaciones de Doha sobre la guerra de Gaza y la situación de Ucrania, que este sábado conmemora el día de su independencia, conseguida en 1991. Una triste celebración porque, aunque tropas de Kiev han penetrado en suelo enemigo, alrededor del 20 por ciento del territorio ucraniano está ocupado por militares rusos. Zelenski tiene un ojo en Chicago mientras pone velas a San Andrés para que, en noviembre, no gane en EEUU el preferido de Putin.

Encontrar alguien con mejor reputación que Trump era fácil, pero cambiar de candidato a cuatro meses de las elecciones fue una decisión complicada que se resolvió felizmente porque el paso adelante de Harris ha resultado un gran acierto, como lo acredita lo mal que lo encajó el candidato republicano, que está que echa las muelas porque piensa que contra Biden le iba mejor. Que a Trump no le guste Harris es buena señal. Ya no puede burlarse de un anciano con problemas y su gesto hosco y amenazante resulta ridículo y grotesco frente a la risa y la alegría de una mujer 20 años más joven que él. Tiene además que contenerse en sus alardes machistas y racistas para no espantar a electores republicanos negros, hispanos, asiáticos, mujeres y jóvenes. Solo le queda el insulto personal, que es su gran especialidad.

Siempre es importante el cambio de presidencia en EEUU, pero el relevo de inquilino en la Casa Blanca del próximo mes de enero tiene una trascendencia especial, porque, solo si gana la candidatura demócrata, el país puede volver a la senda de la recuperación de la normalidad democrática, seriamente amenazada por el caudillaje de un candidato que ha cronificado la polarización provocada por los republicanos durante el gobierno de Barak Obama, al que le negaron el pan y sal, probablemente consecuencia de un racismo subyacente, políticamente incorrecto solo nombrarlo, que traslucía algo así como la conjura de “nunca más un presidente que no sea de los nuestros”.

Hasta la llegada del primer negro a la Casa Blanca, era frecuente que los presidentes, tanto republicanos como demócratas, sacasen adelante sus iniciativas y programas en el Capitolio apoyándose en los sectores más moderados de ambos partidos, lo que producía políticas y medidas de amplio espectro, no necesariamente partidistas. Obama no pudo contar con el apoyo del sector “menos republicano” de los republicanos, lo que le acarreó serios problemas para aprobar algunas decisiones y frecuentes bloqueos financieros o cierres del gobierno.

En la convención demócrata y durante el tiempo que queda hasta las elecciones, Kamala Harris y Tim Walz tienen la oportunidad de reconectar con la realidad a la mitad de la población de EEUU que vive en una burbuja tóxica, inflamada por un populista sin ética ni escrúpulos, que ha envenenado el ambiente político con graves y falsas imputaciones, como culpar a Biden del declive industrial del noreste y de medio oeste del país, que se remonta a hace más de 50 años, a Kamela Harris de haber propiciado la entrada de 20 millones de emigrantes ilegales y al “mundo de Washington”, en general, de haber tramado y organizado que los emigrantes quiten el trabajo a los estadounidenses.

Post scriptum. Aunque con frecuencia hace el indio (RAE.DLE), Trump no procede de ninguna de las 570 tribus nativas que sobreviven en EEUU, sino de emigrantes europeos, por lo que lo único que le diferencia de los emigrantes a los que él llama ilegales es que sus padres llegaron antes.