Me turba mucho los pensamientos el hecho de que ya somos los últimos, los de mi generación, y que estamos en la lista de dar el estampido. Esta es la edad en que el cuerpo empieza a dar la lata y en contra de los criterios del profesor Alarcó, que se encuentra magnífico y en Brasil, y sigue hablando y escribiendo en plural mayestático, yo estoy hecho una mierda y sólo unos polvos milagrosos me están manteniendo sin dolor en las articulaciones, aunque me aumentan las ganas de mear. Tendré que hacer caso a mi médico y hacerme un análisis, pero me temo que la curiosidad por saber lo que uno tiene no arregla nada y que si tiene que dar el toletazo, lo das y punto. Yo pienso que los médicos, que tienen mucha y muy buena voluntad, con las personas de mi edad lo que hacen es tirar barro a la pared. La ciencia no ha evolucionado tanto como dicen porque no ha evitado la muerte y lo que ha hecho es alargar algo la vida, pero sólo a unos cuantos, porque se ha muerto una chica socialité con 46 años, mientras dormía la siesta. Y antes había fallecido su padre, Carlos Goyanes, que era de mi edad. Nosotros somos ya los últimos de Filipinas, no hay remedio. Se nota más en agosto, porque el calor lo fastidia todo, lo estropea todo y lo suda todo. Es un asco y, si se mezcla con la humedad del Puerto de la Cruz, más. Yo no tomo decisiones en agosto porque van a ser decisiones sudadas y no estoy para eso. Aire acondicionado, factura de la luz elevada y la noticia de que La Moncloa se va a gastar 40.000 euros en peluqueros para que ellos y ellas queden bien en las ruedas de prensa. Ay.
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